El día en el que el actor secundario se hizo protagonista

En el cine y en la vida, todo héroe necesita su contrapunto, el antihéroe o el villano que le permite sobresalir por encima de los demás para convertirse en lo que es. De la misma forma, los protagonistas necesitan de actores de reparto que engrandezcan sus papeles. Donald Sutherland, Steve Bucemi, Tim Roth, Harvey Keitel, Benicio del Toro, Gary Oldman, Joe Pesci, Gabriel Byrne, John Goodman, Danny deVito, Paul Giamatti, James Cromwell, John Turturro, Michael Madsen… La lista de secundarios inolvidables es tan vasta como memorables son sus roles, ricos sus matices. Dentro de nuestras fronteras cabría citar a Manuel Alexandre, Juan Diego, Santiago Ramos… y Alberto Juzdado, aunque nunca se dedicara a la interpretación.

Alberto Juzdado ha sido uno de los grandes maratonianos de la historia de España. En una época en la que el panorama del atletismo español se parece a la canción de Hill Street, por lo triste, echar un vistazo a los éxitos del pasado –reciente- resulta sobrecogedor. Antes de Barcelona ’92 hubo algún éxito aislado, como la plata de Jordi Llopart en los 50 kilómetros marcha de Moscú ’80. O el bronce de Abascal en los 1.500 metros de Los Ángeles ’84, por detrás de los dos mitos británicos Coe y Cram. Llegaron los Juegos de la ciudad condal, los de Cobi y la flecha ardiente, y el atletismo español se hizo mayor. Así, de repente, como una de esas tormentas veraniegas que llegan sin avisar, nos convertimos en referencia mundial del fondo y del medio-fondo, de la marcha y la maratón.

Dos años después de la cita barcelonesa, en 1994, tuvieron lugar los Europeos de Hesinki. Quizá la ciudad en la que más se viven las pruebas de fondo –junto a las de jabalina-, cuna de los finlandeses voladores. La ciudad en la que se consagró ‘La locomotora humana’ Emil Zátopek, con sus tres oros en 5.000, 10.000 y maratón, quizá el más grande fondista de todos los tiempos. Y la ciudad que vio uno de los mayores hitos de nuestro atletismo y una de las imágenes más emocionantes, dos españolitos arrodillados en la línea de meta esperando la llegada del tercero, qué gran instantánea.

El triplete de los maratonianos españoles en Helsinki pasó a la historia, en una competición que también vio triunfar a otros atletas patrios como Fermín Cacho y Abel Antón. La victoria fue para Martín Fiz, Diego García llegó poco detrás y Alberto Juzdado fue tercero, completando el podio. Para redondear lo mágico de la situación, entre el público asistente se encontraba Zátopek, visiblemente emocionado por lo bello de la estampa. Él se encargaría de entregarles las medallas, de historia viva a mito naciente.

“Cuando vi a Martín Fiz y a Diego García recibiéndome de rodillas sobre la pista del estadio olímpico de Helsinki, me sentí como un dios”, relata todavía emocionado Alberto Juzdado. No era para menos. Hasta esa carrera, los tres eran prácticamente desconocidos. Gente sencilla, buenos chicos, de los nuestros. Gente que se propuso un objetivo y se dejó la vida entrenando para conseguirlo. Y lo hicieron. Lo cierto es que los especialistas de la época tenían poca fe en sus posibilidades. “Decían que viajábamos a Helsinki con la única opción de hacer turismo” recuerda irónico Fiz. Como souvenir no está mal, tres medallas, una para cada uno, y un buen pedazo de historia, la gloria eterna.

La del Europeo fue la segunda maratón en la vida de Juzdado después de la de San Sebastián. El bronce auguraba un futuro muy prometedor en una disciplina que los españoles pasaron a dominar con mano de hierro, puño de acero y pies de todo menos de plomo. Fiz se proclamaría campeón del mundo en Goteborg ’95, plata en Atenas ’97 donde le superó Abel Antón, que repetiría triunfo dos años después en Sevilla. La competencia era brutal y Juzdado no salió bien parado de ella. En Goteborg fue quinto y en los Juegos de Atlanta y Sidney no mostró su mejor cara. Le había tocado vivir a la sombra de dos de los mejores atletas españoles de la historia, a veces la suerte no acompaña.

Incluso en 1997, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias como integrante del equipo español de maratón, lo hizo en calidad de actor secundario. De hecho, ese año ni siquiera fue capaz de acabar la carrera. Pero el papel brillante del resto de la expedición, con la victoria de Antón, el segundo puesto de Fiz, el sexto de un joven Fabián Roncero y el decimoquinto de José Manuel García le permitieron ser campeón del mundo por equipos de la prueba más inhumana del mundo en el mejor escenario posible, Atenas. En un recorrido que iba de la ciudad de Marathon hasta el Estadio Panathinaikon, donde se habían celebrado los primeros Juegos de la era moderna, en 1896. El mismo trayecto que completó Filípedes y que a Juzdado no le hizo falta terminar para proclamarse campeón del mundo y recibir el Príncipe de Asturias, a veces la suerte te la devuelve.

Hasta el 8 de febrero de 1998. Ese día se corría la maratón de Tokio –una de las más importantes del mundo junto a las de Nueva York, Londres o Rotterdam- y Juzdado se olvidó de su pasado. Cogió las riendas de la situación, aquí estoy yo y el que pueda que me siga. En plan mandón. En plan ‘prota’. A mitad carrera Juzdado se encontró corriendo solo, un desierto por delante y otro por detrás. Acabó con un espléndido tiempo de dos horas, ocho minutos y un segundo, la segunda mejor marca española de todos los tiempos por entonces. El 8 de febrero de 1998 el eterno secundario se rebeló contra su destino y triunfó como protagonista.

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