El día en el que nació el ‘Raza blanca: tirador’

La frase la acuñó el mítico Andrés Montes para referirse a esos jugadores blancos de fina muñeca y mortal estoque. Esos jugadores que por sus carencias físicas tuvieron que pulir su tiro lejano, evitando la confrontación cuerpo a cuerpo con sus rivales. Amenazas desde el perímetro que sirven para machacar al oponente de tres en tres o abrir las defensas para doblar pases a la zona. Europa es sin duda la cuna de la mayoría de estos jugadores. Así, desde los Balcanes llegaron: Drazen Petrovic, Danko Cvejeticanin –‘El Yeti’ para la Demencia-, Aleksandar Djordjevic, Velimir Perasovic, Nikola Loncar, Peja Stojakovic, Igor Rakocevic… De Lituania: Rimas Kurtinaitis, Saulius Stombergas, Sarunas Jasikevicius, Arvydas Macijauskas… Bueno, y de España Epi, Margall, Villacampa, Jofresa, Herreros, Angulo, ‘ChichiCreus, Xavi Fernández, ‘BerniÁlvarez, Navarro… Sin olvidarnos del gran Óscar Schmidt, no es todo fútbol en Brasil.

Muchos de estos francotiradores dieron el salto y algunos incluso lograron triunfar en la NBA, aunque nunca fueran tan decisivos como en el baloncesto FIBA. En Estados Unidos, donde cada vez prima más el físico sobre el tiro (sniff) los últimos exponentes de esta ‘rara avis’ fueron Jeff Hornacek, Steve Kerr, Mike Miller, Wally Szczerbiack, Jason Kapono… Pero los últimos grandes tiradores, a excepción quizá de Reggie Miller, Ray Allen o Allan Houston, también son grandes penetradores, escoltas y aleros de gran potencia de salto que igual machacan el aro que lo acribillan desde ocho metros. Jugadores como Latrell Sprewell, Donyell Marshall, Kobe Bryant… ¡Si hasta un ‘Raza blanca: Tirador’ como Brent Barry ganó el concurso de mates en 1996, cómo hemos cambiado!

Curiosamente, el padre de este último, Rick Barry, fue uno de los principales artífices de que surgiera esta estirpe de jugador, que cambió por completo el baloncesto. Rick fue una estrella desde niño. Una de esas personas nacidas para jugar a baloncesto. Reunía todas las características necesarias: Un gran lanzamiento exterior, capacidad reboteadora, gran visión de juego, buen defensor… Todo. Pero por encima de todo destacaban sus ganas de triunfar. Barry era un perfeccionista, un amante de la excelencia que trabajaba hasta el más mínimo detalle en su búsqueda por la pureza. Un jugador capaz de reinventarse a sí mismo a lo largo de su carrera, buscando siempre lo mejor para su equipo en cada momento.

En la Universidad de Miami se convirtió ya en una gran estrella, llamando la atención de todos los ojeadores de la NBA. Bajo las órdenes de Bruce Hale –convertido también en su suegro-, en su último año con los Hurricanes promedió más de 37 puntos por partido, liderando la NCAA. Los Warriors, entonces todavía de San Francisco, lo eligieron con el número dos del draft de 1965, sólo por detrás de Fred Hetzel –pasó sin pena ni gloria por la liga- y por delante, entre otros, de Billy Cunningham –un mito en Philadelphia-.

En su primer año como profesional promedió 25,7 puntos y 10,6 rebotes, fue elegido rookie del año y su equipo pasó de 17 victorias la temporada anterior a 35, más del doble. En el segundo año ya jugó el All-Star. Pero como siempre, Barry quería más, y con 38 puntos lideró al oeste a una sorprendente victoria sobre el combinado del este de Chamberlain, Robertson, Russell y compañía y bajo la batuta de Red Auerbach, ahí es nada. Fue el MVP del partido de las estrellas. En esta su segunda temporada se ganó el respeto de la liga al llevar a su equipo a la final, pese a la dudosa calidad de muchos de sus compañeros, se salvaba el pívot Nate Thurmond, poco más. En la final perdió contra los Sixers de Chamberlain, Greer y Cunningham, pero pelearon hasta un honroso 4-2, cosa que no pudieron hacer ni los Celtics de los ocho anillos consecutivos en la final de conferencia. No en vano esos Sixers están considerados como uno de los mejores equipos de la historia. Con 35,6 puntos por partido fue el máximo anotador de la temporada, todo esto en su segundo año.

Su vida dio un giro el año siguiente. Tras la brillantez de su segunda temporada, Barry pidió una subida de sueldo que el presidente de los Warriors no aceptó. Ese mismo año se fundó la ABA, una liga de baloncesto paralela a la NBA que pretendía luchar con ella y a la que se  acabó uniendo en 1976. La ABA, recién creada, utilizó el dinero como máximo atractivo para robarle algunas estrellas a la NBA. Barry firmó por los Oakland Oaks –era un equipo de verdad- por una millonada, aunque tuvo que esperar un año para poder debutar, porque sus derechos aún pertenecían a los Warriors.

¿Cómo una liga puede luchar contra la NBA y no morir en el empeño? No se sabe, pero la ABA hizo todo lo que estaba en su mano. En primer lugar, cambió algunas normas para favorecer el espectáculo, el juego ofensivo, a tumba abierta, gáname si puedes pero vas a tener que anotar mucho. Así, las posesiones en vez de 24 segundos duraban 30 y se implantó la línea de 3 puntos. Además, se jugaba con un balón tricolor, en lugar del naranja habitual. Se crearon también los concursos de triples y mates que tras la unión de ambas ligas acogió la NBA. Por la ABA pasaron mitos del baloncesto como Julius Erving -el Doctor J-, Moses Malone, George Gervin, Artis Gilmore, Dan Issel, Hubbie Brown, Larry Brown, George McGinnis, Cunningham o Barry, ahí es nada. El baloncesto moderno, el show time, tuvo su precursor en la ABA.

En la temporada 68-69, con sus 34 puntos de media, Barry fue el máximo anotador de la ABA. De esta forma, se convirtió en el primer jugador en liderar las listas de anotadores durante una temporada en la NCAA, la NBA y la ABA. Un récord que ya nadie podrá igualar. Esa temporada además se proclamó campeón con su equipo y lideró la ABA también en porcentaje desde la línea de personal. Los tiros libres, quizá aquello por lo que más se le recuerda.

Es el segundo mejor tirador –porcentualmente- de la historia de la NBA. ¡Y tiraba de cuchara! Durante años pulió una técnica que permitía al balón coger más altura –porque partía de más abajo- y así ganar arco para entrar más limpiamente. Aún hoy insiste en que es la mejor forma de tirar los libres. Además permite relajar los músculos, ya que no utilizas los mismos que en la mecánica de tiro habitual. Puesto que desde la personal nadie puede taponarte, ¿por qué no relajarse? La estampa, vista hoy, es pelín ridícula, pero los números hablan en su favor.

Y no es que Barry fuera precisamente un mal tirador, que tuviera que buscar alternativas porque su mecánica era deficiente. Todo lo contrario. Fue quizás el primer gran triplista de la NBA, una especie de precursor de Larry Bird, el alero alto que puede penetrar, rebotear y a la vez aniquilarte desde el perímetro. De hecho, dejó buena prueba de ello el 2 de febrero de 1980. Jugando ya con los Rockets de Houston, anotó ocho triples en la victoria de su equipo contra Utah Jazz. Nunca nadie había hecho semejante exhibición desde la línea de 7,24. Luego muchos superarían esa marca, pero nadie había conseguido nada parecido hasta entonces.

Simplemente, en su continua búsqueda de la perfección, descubrió que de cuchara se metían más tiros libres. Y punto. Si él iba 12/15 veces a la línea de personal por partido, mejor anotar los máximos posibles. La belleza del plan, esta vez sí, radicaba en su sencillez. Un genio. ¿Por qué nadie tira así pese a que las bondades de su estilo sean por todos conocidas? Barry responde con una palabra: “Ego”. Quizá esa sea la diferencia entre él y las estrellas de hoy en día, el ego.

PD: Pese a ser recordado por su ‘particular’ forma de lanzar los tiros libres, Barry ganó un anillo de la NBA –la temporada 74-75 con los Golden State Warriors-, siendo además el MVP de la final. Fue ocho veces All-Star, los Warriors retiraron su dorsal 24, está en el Salón de la Fama y se le considera uno de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA. Además era humilde y trabajador.

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