El día en el que Urtain pasó de gran mentira a rey de Europa

urtain

No hay deporte más noble y más puro y a la vez más canalla y más duro que el boxeo. Un enfrentamiento cara a cara entre dos tipos, a guantazo limpio, a ver quién se atiza más fuerte y quién aguanta de pie hasta el final. Un deporte que se mueve en los extremos, que crea acérrimos adeptos y feroces detractores a partes iguales. Los primeros ensalzan su belleza poética, el dualismo entre fuerza e inteligencia, técnica y táctica, arrojo y aguante. Los segundos critican su naturaleza brutal, su salvajismo casi cavernícola.

Lo cierto es que en muchos casos, cuando sus puños les abandonan, los boxeadores terminan siendo juguetes rotos en manos del alcohol, las drogas o la depresión. Endiosados durante sus carreras, agasajados con las mujeres más bellas y los coches más veloces, cuando se apagan las luces de la fama sus vidas se consumen casi con la misma ligereza, cohetes de mecha rápida. Es entonces cuando muchos púgiles se enfrentan a su combate más duro, a su rival más mortal.

Algo así le pasó a José María Ibar Aspiazu, más conocido como Urtain –cogió el nombre del caserío en el que se crió-. Continuador de una gran saga de boxeadores guipuzcoanos como Paulino Uzcudun, ‘El Toro vasco’, o Isidoro Gaztañaga, ‘El Oso de Ibarra’, Urtain fue siempre una fuerza de la naturaleza. Ya desde pequeño destacó como ‘aizcolari’ –deporte vasco que consiste en cortar troncos- y cuando se pasó al ‘harrijasotze’ –levantamiento de piedras- ya no encontró rival, alzando bloques de hasta 250 kilos y ganándose el apodo de ‘El Tigre de Cestona’. Una vida sencilla, sana, de campo, que aun así no estaba exenta de desgracias. Con sólo 16 años José María Ibar recibió su primer golpe; duro, seco, directo al corazón: la pérdida de su padre.

Resulta que un día, para hacer gala de su fuerza, a José María le dio por que varias personas, por turnos, saltaran de una silla a su pecho en el bar del pueblo. Hasta 14 amigos y conocidos saltaron sobre Urtain sin que éste se resintiera. Su padre vio el espectáculo y no quiso ser menos. Ansioso por dar una lección a su hijo y demostrar quién era el hombre de la casa o el macho alpha o vete tú a saber qué –no tiene otra explicación- decidió imitarle, pero el decimoquinto impacto fue demasiado y le causó la muerte. No, si todavía serán brutos, los vascos…

A su regreso de la mili en Ceuta Urtain tuvo tres hijos con su novia de toda la vida, Cecilia Urbieta. Todo parecía perfecto. Pero al poco tiempo un empresario de San Sebastián, asombrado por su fuerza, le instó a probar suerte en el boxeo. En ese momento empezó la leyenda del ‘Morrosko de Cestona’. Luchador tosco como pocos –uno no aprende a pelear de la noche a la mañana y menos a los 25 años-, fuerte como un toro pero carente de técnica, Urtain debutó en el cuadrilátero en 1968 y rápidamente consiguió un impresionante a la vez que muy dudoso récord de 27 victorias consecutivas por KO. Este registro siempre estuvo envuelto en polémica por la escasa entidad de sus rivales y la rapidez con la que se iban al suelo. Nunca se comprobó que los combates estuvieran amañados pero el tufillo a tongo era evidente.

Aun así, su fama creció como la espuma. Todo el mundo quería ver al púgil que tumbaba a sus adversarios como si fueran bolos, pleno tras pleno y KO tras KO. Viendo sus posibilidades la maquinaria franquista se puso en marcha para hacer de un don nadie una estrella rutilante. Urtain era un tipo sencillo y noble que caía bien a todo el mundo. Bebía como un cosaco y fumaba como un carretero, pero eso daba igual. ‘El Morrosko de Cestona’ era el nuevo ídolo del pueblo.

Las ciudades estaban empapeladas con su imagen, anunciaba desde yo-yos hasta una famosa marca de Brandy, “es cosa de hombres”. Incluso al clásico plato combinado de filete, patatas fritas y huevos fritos se le denominó Urtain durante años por el gusto del púgil por las proteínas. La gente estaba loca con Urtain, al que llegaron a comparar con el mismísimo Cassius Clay. No sabía moverse, no sabía fintar, no sabía hacer nada, ¡por no saber ni siquiera sabía pegar bien! Pero era fuerte como un roble y a la afición con eso le valía. Nunca se había visto en España semejante revuelo por un boxeador. Urtain llenaba plazas de toros y hasta campos de fútbol allá donde iba. Ni siquiera ‘El Puma de Baracoa’ Legrá –campeón del mundo del peso pluma- o Pedro Carrasco lo conseguían. Sí, la maquinaria del régimen –en una época de vacas flacas en el fútbol y el ciclismo- seguía funcionando.

Dos años después de su debut llegó su gran momento. Sin ser siquiera campeón de España –lo que mosqueó, y con razón, al poseedor del título, Benito Canal– le llegó la oportunidad de pelear por el cinturón europeo de los pesos pesados. El combate se disputó en el Palacio de los Deportes de Madrid el 3 de abril de 1970. El rival: el alemán Peter Weiland, un tipo bastante ridículo, su calva mal disimulada por un peluquín y con una panza cervecera homologada, ‘made in Benidorm’. Weiland había sido una figura del boxeo pero sus mejores años eran historia. Aun así, pocos entendidos confiaban en la victoria de Urtain.

Cuando sólo habían transcurrido unos segundos del primer asalto ‘El Morrosko’ conectó un directo de derecha al rostro de su rival que tumbó al alemán, demasiado pesado y lento. El guipuzcoano siguió con su peculiar estilo, todo pundonor, siempre al ataque. Pero a partir del cuarto asalto a Urtain se le empezó a ver cansado, no en vano a esas alturas ya era el combate más largo de su vida. Los golpes se sucedían, cada vez más torpes, y el público aclamaba como loco a su ídolo, insuflándole el aliento que ya le faltaba. Por fin, en el séptimo asalto, tras una combinación derecha-izquierda otra vez al rostro Weiland volvió a caer. Esta vez no se recuperó y Urtain se proclamó así campeón de Europa de los pesos pesados.

Los que hablaban de tongos tuvieron que callarse, o al menos limitarse a decirlo con la boca pequeña. La estrella de Urtain brillaba ahora con más fuerza que nunca. Su vida en Madrid era un no parar: Whisky, fiestas, mujeres, anuncios, más whisky, más mujeres, otra copita de whisky… Ya retirado confesó que en una casa que compartía con Carrasco, a la que iban para desfogarse, llegó un momento en el que exigieron a las chicas que llamaban al timbre enseñar las bragas a través de la mirilla porque de otra forma no entraban. Así se las gastaban los púgiles de moda en sus fiestas.

La carrera de Urtain continuó con altos y bajos. Defendió su trono europeo con éxito frente a otro alemán, Jürgen Blin, aunque más tarde lo perdió con claridad contra el veterano boxeador inglés Henry Cooper en el estadio de Wembley. Su reinado europeo apenas había durado algo más de cinco meses, pero ‘El Morrosko’ estaba decidido a recuperarlo. Y así lo hizo tras vencer a otro británico, Jack Bodell, para perderlo definitivamente contra un viejo conocido, Blin, en Madrid, en 1972.

A partir de este momento la estrella de Urtain empezó a apagarse. La mala vida hizo mella en su carrera, a la que ya no le dedicaba el tiempo ni las ganas suficientes. Superado por una vorágine de alcohol, fama, dinero y fiestas, el bonachón de pueblo se perdió. Y nunca más volvió a encontrarse. La cosa fue de mal en peor. Rodeado de los típicos chupópteros y gorrones que se abalanzan sobre sus presas para exprimirlas en los buenos momentos y desaparecer en los malos, Urtain de repente se encontró solo, sin dinero y sin amigos. Acabó de portero en una conocido garito nocturno burgalés, ‘Pentágono’, prestando su fuerza para fines menos brillantes que en sus años dorados, cambiando los resplandecientes focos del cuadrilátero por la luz estroboscópica de las bolas de discoteca.

El 21 de julio de 1992, cuatro días antes de que se inauguraran los Juegos Olímpicos de Barcelona, Urtain se suicidó, tirándose por la ventana de su piso madrileño, un décimo. Un hombre apasionado y vital que murió demasiado deprisa, como vivió. Otro boxeador vencido por sus propios fantasmas.

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