El día en el que se reinventó el tenis femenino

La historia se ha alimentado continuamente de grandes rivalidades: Atenas y Esparta, Roma y Cartago, Napoleón y el Duque de Wellington, Góngora y Quevedo, Shakespeare y Marlowe. Enemigos acérrimos que se aupaban mutuamente en su lucha por superar a su rival, en una especie de ‘feedback’ cíclico e involuntario. Algo así como la relación del Correcaminos y el Coyote: El ingenio del segundo hacía que el primero tuviera que ser cada vez más rápido para evitar ser cazado. Al mismo tiempo, la creciente velocidad del Correcaminos obligaba al Coyote a estrujarse el coco en busca de mejores artimañas.

Así ha sido y así será siempre. El deporte se ha mostrado especialmente prolífico en este tipo de rivalidades, tanto individuales como en equipos. Las hay que trascienden lo meramente deportivo y pasan a terrenos más pantanosos como los religiosos o los políticos. Por ejemplo, el derbi de Glasgow entre Celtic y Rangers o cualquier partido de cricket entre India y Pakistán. Otras elevan el deporte en cuestión a cotas inimaginables, como podría ser el eterno duelo entre Lakers y Celtics y más concretamente entre ‘MagicJohnson y Larry Bird.

O la enconada pugna a vida o muerte en la Fórmula 1 entre Alain Prost y Ayrton Senna que acabó con el fatídico accidente del piloto brasileño en la condenada curva de Tamburello, Ímola. Sin olvidarnos del legendario enfrentamiento por el cetro mundial del ajedrez entre el soviético Boris Spassky y el estadounidense Bobby Fischer en un clima de Guerra Fría bastante caldeado. O los tres combates a mamporro limpio entre Muhammad Ali y ‘SmokinJoe Frazier, fino estilista contra duro fajador, con el ‘Thrilla in Manila’ como epílogo apoteósico de la saga –lo comparas con el boxeo actual y se te saltan las lágrimas-.

Uno de los deportes más dados a este tipo de rivalidades es el tenis, siendo quizá la más destacada aquella que enfrentó a Borg y McEnroe. El sueco y el estadounidense cruzaron sus raquetas en catorce ocasiones, con siete victorias para cada uno. El partido que puso fin a la mítica contienda –pese a que meses más tarde aún se enfrentarían en la final del US Open- fue la final de Wimbledon de 1981, en la que ‘Big Mac’ acabó con el dominio sobre la hierba londinense de ‘Iceborg’, que acumulaba cinco títulos consecutivos, precipitando así la retirada del genio de Södertälje con tan solo 26 años. McEnroe aseguró que tras el abandono de su gran rival su carrera profesional nunca volvió a ser tan divertida, así de importantes eran el uno para el otro.

Sin embargo, hay otra rivalidad que destaca por encima de ésta. Por su trascendencia e influencia en el futuro del deporte, por su longevidad y sobre todo por la amistad que unió siempre a sus protagonistas por encima de todas las cosas. Una competencia muy sana que elevó a los altares el tenis femenino, hasta entonces hermano pequeñísimo de su homólogo masculino. Todo empezó el 22 de marzo  de 1973 en Akron, Ohio, ante apenas un centenar de espectadores. El primer partido entre Chris Evert y Martina Navratilova, tal vez las dos mejores tenistas de la historia, Steffi Graf aparte.

Las cifras son casi inabordables: Se enfrentaron en ¡80! ocasiones, 60 de ellas finales, 14 de Grand Slam, a lo largo de 16 años. Durante 12 temporadas, de 1975 a 1986, se repartieron el número uno del tenis femenino entre las dos, coto vedado para el resto de jugadoras. Las dos terminaron sus respectivas carreras con 18 grandes individuales –que Navratilova ‘decoró’ con otros 31 en dobles y otros 10 en dobles mixtos, casi nada-.

Y a pesar de todo, de que semejantes datos lo más seguro es que ya nunca se vuelvan a repetir, ni en tenis ni en ningún otro deporte, lo que más impresionaba de esta rivalidad era el aspecto más personal, su lado más humano. Difícilmente podrían haberse juntado dos caracteres más antagónicos y dos estilos más diferentes. El saque y volea de Navratilova, juego clásico, siempre al ataque, frente a los profundos golpes desde el fondo de Evert, especialista en alargar los puntos, en pasar a sus rivales en la red, en parecer un frontón sin resquicio alguno por el que superarlo.

Evert era la perfecta chica educada, modosita, rubita, la hija adorable que cualquier padre querría tener, la cuñada ideal, la novia de América. Fue una niña prodigio del tenis cuando las niñas prodigio aún eran excepción en vez de norma en el circuito femenino –no como ahora-. También fue la primera en saltar de la cancha a las portadas de revistas de moda y de cotilleos, la primera sex symbol del tenis –30 años antes del boom de las jugadoras rusas-. Andy Warhol le pintó un retrato, fue novia de Jack Ford –el hijo del presidente norteamericano- y de Jimmy Connors entre otros. Todo el mundo la adoraba, la niña bonita del tenis mundial.

Navratilova, por su parte, era todo lo contrario. Nacida en Checoslovaquia, del otro lado del telón de acero, su origen comunista no le ayudó en sus inicios. Ya de muy joven era una chica fuerte, musculosa, una figura muy poco femenina. Además pronto empezarían los escándalos: Con sólo 18 años desertó de su país comunista y se nacionalizó estadounidense. Poco después reconoció públicamente su homosexualidad, mal vista en EE.UU, ese país con esa doble moral tan suya. Otro frente abierto para la principal rival de Chrissie. Demasiadas batallas para una persona tan sincera y honrada como delicada.

Porque más allá de las apariencias, Navratilova era mucho más sensible y vulnerable que Evert. Las dos eran ganadoras natas, fueras de serie que sólo se conformaban con la victoria, pero la primera se descomponía con más facilidad que la segunda, más pertinaz y más templada. Incapaz de guardarse las lágrimas con cada derrota, convertirse en la ‘chica mala’ superó por momentos a la checoslovaca. Porque sí, en Estados Unidos ser la rival de Evert la convirtió en la enemigo público número uno. En el resto del mundo la división era mayor. Eso sí, cualquier aficionado al tenis que se preciase de serlo tenía que decantarse por una u otra de la misma forma en que alguien es del Barça o del Madrid, de carne o de pescado y del PSOE o del PP –por desgracia-.

En aquel primer partido se impuso Evert, la niña prodigio de Florida instalada ya en el ‘Top 5’ y que ya apuntaba aún más alto, por 7-6 y 6-3. Navratilova tenía sólo 16 años y se presentó al partido con diez kilos de más, los que había ganado en las pocas semanas que llevaba en Estados Unidos desde que abandonara su Checoslovaquia natal, su familia y su vida. Abrumada por un nuevo mundo que se abría ante ella, apesadumbrada por la soledad y gorda por la comida basura, Martina sólo quería que después del partido Evert recordara su nombre. Pero consiguió mucho más que eso. Chrissie supo que si su rival se deshacía de esos kilos de más sería temible. Los golpes los tenía.

Durante los primeros años Evert dominó los enfrentamientos. De hecho, hasta 1978 se había impuesto en 20 de sus 24 encuentros. Durante esos años forjaron una amistad que les permitió incluso formar pareja de dobles –de hecho en 1976 formaron dúo en Wimbledon y ganaron, la única vez que Chrissie lo consiguió-. Poco después dejaron de jugar juntas en dobles porque Evert, que todavía dominaba los duelos individuales, vio cómo cada vez Navratilova se le acercaba más y creyó que se debía a que conocía demasiado bien su juego. Durante esta época era normal verlas entrenar juntas un par de horas antes de enfrentarse en alguna final. O terminar el partido y viajar juntas al siguiente torneo.

A partir del 79 Navratilova le dio la vuelta a la tortilla y pasó a dominar los duelos entre las dos. Nancy Lieberman, la entrenadora que terminó de esculpir su cuerpo de acero, enseñó a Martina que no podía ser amiga de Evert, que eran rivales y la tenía que odiar. La ayudó en la pista, donde entre el 82 y el 85 acumuló 13 victorias consecutivas. Perder no le hacía ninguna gracia a Evert -y las palabras de Liberman tampoco- aunque su amistad nunca corrió verdadero peligro.

Y eso es lo más increíble de todo. Cómo dos rivales que se descosían a raquetazos en la pista podían compartir luego vacaciones en Aspen como si nada hubiera pasado. Es más, Navratilova le presentó a Evert al que luego sería su marido, el esquiador olímpico Andy Mill, en ese viaje a las montañas de Colorado en el que también les cedió su cama para que se conocieran mejor –la anécdota dio paso a la célebre frase de Mill: “No puedo creer que esté en la cama de Martina Navratilova acostado con Chris Evert”-. O cómo en el ocaso de su carrera una lesionada Evert formara equipo con Navratilova –que se lo pidió como un favor- en la Copa Federación en el primer viaje de la segunda a Checoslovaquia desde su salida en 1973 para acompañarla en la difícil vuelta a casa. O cómo Evert fue la primera en apoyar incondicionalmente a su rival/amiga cuando ésta reconoció abiertamente su homosexualidad. O cómo…

Simplemente cómo consiguieron hacer de la mayor rivalidad deportiva de la historia una amistad imperecedera. Olé sus…

PD: Al final, Navratilova se impuso en 43 ocasiones, por las 37 de Evert. Pero eso es lo de menos.

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