El día en el que comenzó la leyenda de los Bruins

Estados Unidos es un país de contrastes, un vaivén de sensaciones para el afortunado turista que tenga tiempo y dinero para recorrerlo. De la moderna Nueva York, cosmopolita, infinita, la ciudad que nunca duerme, a la pobre y rural Mississippi, del glamour de California a la rudeza y tosquedad de Virginia. En el desierto de Nevada de repente aparece Las Vegas, en la aburrida Orlando, Disneyworld. El país más rico del mundo choca de frente con su alto índice de pobreza, aproximadamente uno de cada cinco. La tierra de la libertad en la que aún existe la pena de muerte y la cadena perpetua, el país en el que las armas de fuego se conciben como la más natural de las defensas, pero a la vez uno de los que más asesinatos sufre.

El deporte no podía ser ajeno a estas diferencias tan inherentes a Estados Unidos. Así, uno piensa en la NBA, en la NFL, en la NHL, en la MLB y lo primero que viene a su mente es la superprofesionalización de estas ligas. Cómo el negocio ha superado al deporte, cómo el dinero, una vez más, se ha adueñado de todo y no suelta la presa, poderoso caballero. Pero en Estados Unidos existe otro deporte. Otro mundo en el que los protagonistas son los jugadores, amateurs, en el que el espíritu de superación y el amor por los colores y por el juego todavía mandan. Se trata del deporte universitario y por extensión también el de los institutos, algo menos multitudinario.

En Estados Unidos el deporte universitario tiene casi tanto calado como el profesional. Hollywood, en este sentido, sí puede ser un buen espejo en el que mirarse. Las grandes películas centradas en el deporte casi nunca versan sobre el deporte profesional, quizá con la excepción de “Un domingo cualquiera” en la que el negocio se impone al fútbol americano. Pero “Hoosiers”, “Coach Carter”, “Titanes, hicieron historia”, incluso “Descubriendo a Forrester”, por citar algunas de las más conocidas, todas narran historias universitarias o de institutos. Quizá sea ese espíritu de superación del deporte amateur lo que llama tanto la atención de la meca del cine y del espectador norteamericano. Quizá sean historias como la que empezaron a escribir los Bruins de UCLA, la Universidad de California, Los Angeles, el 30 de enero de 1971, las que han llevado al deporte universitario americano a ser lo que es.

El 30 de enero de 1971 los Bruins, entrenados por John Wooden, empezaron una espectacular racha de 88 triunfos consecutivos, incluyendo dos temporadas seguidas invictos, récord del deporte americano. Si había un equipo capaz de semejante logro, ése era el de UCLA. Desde la llegada de Wooden en 1948, los Bruins se habían consolidado como uno de los equipos universitarios más fuertes de la Conferencia Pacífica. A partir de los años 60 su supremacía fue insultante. Del 63 al 75 conquistaron diez campeonatos de la NCAA, el campeonato nacional universitario, incluyendo siete consecutivos del 67 al 73. La impronta de un ganador como Wooden pasaba de generación en generación, inherente ya a la propia institución.

Durante esos años pasó por UCLA el que quizá haya sido el jugador universitario más determinante de la historia, Lew Alcindor. Años después se convertiría en el máximo anotador de la historia de la NBA, ya con el nombre de Kareem Abdul Jabbar. Con él en el campo todo parecía demasiado fácil, el hombre alto que dominaba el juego con tal superioridad que daba hasta lástima por el rival. El jugador que le disputaría esa teórica hegemonía no es otro que Pete Maravich, ‘Pistol’ Pete. Nunca ganó ningún campeonato, pero sus números son inigualables, casi 50  puntos por partido a lo largo de sus años universitarios. Nadie se le ha acercado nunca y probablemente nadie lo haga jamás. Pete era un adelantado a su tiempo, pero eso es otra historia. Con Alcindor en el equipo, los Bruins acumularon 88 victorias por tan solo 2 derrotas. Sin él, comenzaron la racha de 88 victorias consecutivas el 30 de enero de 1971, y las temporadas 72 y 73 acabaron invictos, algo inédito e inaudito hasta entonces.

Que los Bruins apenas notasen la ausencia de Alcindor cuando éste se fue a la NBA en 1969 fue mérito de Wooden. Un entrenador que dejó su impronta en todos sus jugadores, pese a que fuera estricto, pese a que no coincidiera con muchos de ellos en sus algunas de sus ideas. Un entrenador-educador que pretendía formar jugadores a la vez que personas, que disfrutaba enseñando y, sobre todo, aprendiendo también de sus pupilos. Un maestro del baloncesto, de la motivación, del liderazgo, de la dirección de un equipo. “Aprende como si fueras a vivir eternamente y vive como si fueras a morir a mañana”, ése era su leitmotiv. Alcindor siempre le estuvo muy agradecido. Lo mismo que  Bill Walton, el otro gran jugador que pasó por el equipo durante esos años de gloria.

Igual que Alcindor, Walton fue el pívot del equipo del 71 al 74. Anotaba, reboteaba, taponaba, asistía, intimidaba… En plena forma era casi tan determinante como su antecesor en el puesto. Muchos especialistas afirman aún hoy que, en plenas condiciones, fue el ‘cinco’ más completo de la historia. Lástima que las lesiones lastraran su carrera NBA, que aun así adornó con dos anillos y siendo nombrado MVP de la temporada de 1978. Con Walton coincidió en el equipo Keith Wilkes, que acabaría siendo una estrella NBA aunque con el nombre de Jamaal Wilkes. Sin embargo, al equipo se le empezó a conocer como la ‘Walton gang’, la pandilla de Walton, tal era la ascendencia del pívot sobre el juego. Igual que Alcindor, también tuvo algún problemilla con Wooden.

Eran años convulsos en Estados Unidos, el apogeo del pacifismo, del rechazo a la guerra de Vietnam, de música transgresora y largas melenas. Situaciones que parecían no afectar a Wooden, que mantenía impertérritos sus convicciones cristianas, sus devotas visitas diarias a la iglesia, su estilo de vida monacal. Y su estricta forma de entender los entrenamientos y la vida. Durante la temporada, había que llevar el pelo corto y daba igual cómo te llamaras.

Bill Walton era un joven como tantos otros de su generación, que acusaba a la quinta anterior de haber estropeado todo aquello por lo que merecía la pena vivir. Un convencido activista anti-guerra que se unía a cuantas manifestaciones podía. Un romántico amante de las causas perdidas y de la música de ‘Grateful Dead’. Que sus estilos chocasen en algún momento era algo de esperar. Que nunca pasara nada grave y que los dos sintieran mutua admiración es mérito de ambos. Wooden le obligaba a cortarse el pelo para entrenar y le enseñaba que en un equipo todos eran iguales, que no había estrellas, ni favoritos, ni privilegios. Una vez, durante una manifestación en contra de la guerra, Walton acabó con el culo en una celda y fue su entrenador otra vez el que se lo sacó de ahí. Wooden entendía a sus jugadores y ellos le querían por ello. Es evidente que luego en el campo eso se notaba.

Durante la temporada 71/72, que los Bruins terminaron con un inmaculado 30 victorias por ninguna derrota, el equipo dirigido por Wooden ganó por una diferencia media de 30 puntos. Escandaloso. La temporada siguiente volvió a terminar imbatido. En la final, el espectáculo lo puso Bill Walton. Anotó 44 puntos. Bien, muy bien incluso. Pero lo excepcional fue la manera de hacerlo, con 21 de 22 tiros de campo, en la que probablemente haya sido la mayor exhibición ofensiva de la historia de la NCAA, un prodigio de acierto, gran ostentación de virtuosismo.

La racha de 88 victorias consecutivas continuó hasta la temporada 73/74, cuando los Bruins perdieron contra los Fighting Irish de la Universidad de Notre Dame, 71-70, en un partido muy extraño en el que UCLA se dejó remontar 11 puntos en los últimos tres minutos y medio. Wooden, como de costumbre, no paró el partido, pese a ver que su equipo se estaba desangrando. Su política no incluía tiempos muertos en los últimos minutos, y a esas alturas no la iba a cambiar. Confiaba en sus chicos y parar el choque era fallarles a ellos y a sí mismo. Walton metió 24 puntos y capturó nueve rebotes, pero erró el último tiro que les podría haber dado la victoria. El resumen que dio de su actuación no tuvo desperdicio: “Un fracaso a todos los niveles, particularmente como ser humano. Una vergüenza para el baloncesto y una vergüenza para el deporte en general”. Era el primer partido que Bill Walton había perdido desde sus años de instituto. La mentalidad ganadora de Wooden había calado, definitivamente.

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