El día en el que el Real Madrid ganó por sorteo

corbalan

Hubo un tiempo en el que el baloncesto europeo fue coherente. Años en los que el equipo que ganaba la liga de su respectivo país jugaba la Copa de Europa la temporada siguiente y el campeón de la Copa del Rey jugaba la ahora extinta Recopa de Europa. Nada de licencias A ni B. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: Si no cumples estás fuera. Ahora hay un decreto por el cual determinados equipos tienen que jugar la Euroliga sí o sí, aunque hayan hecho el ridículo en sus respectivos torneos nacionales.

El Real Madrid es uno de esos equipos que tienen licencia A –como el Barcelona, el Unicaja y el Tau (ahora Caja Laboral) y otros 12 equipos europeos-. Se trata de la última pamplina inventada por Jordi Bertomeu, el director ejecutivo de la Euroliga, para asegurar año tras año la participación de los mejores clubes europeos en la máxima competición continental, ‘la pela es la pela’. En aquellos tiempos de la vieja Copa de Europa, la de los campeones y no los licenciados, la de los partidos en blanco y negro, El Real Madrid fue el gran dominador del baloncesto europeo.

Ganó 7 de sus 8 copas de Europa -la última fue en el ’95 contra Olympiakos, con Arvydas Sabonis como máximo estandarte y Arlauckas, Antúnez y Santos como principales escuderos- en las décadas de los 60 y los 70, con duelos míticos contra el Ignis Varese de Bob Morse y Dino Meneghin o el CSKA Moscú de Sergei Belov. En aquel primer Madrid dominador jugaban mitos como Emiliano Rodríguez, Clifford Luyck, Lolo Sainz, Miles Aiken o Bob McIntire. Luego les relevarían Wayne Brabender, Corbalán, Walter Szczerbiak, Juanma Iturriaga, Fernando Romay o José Luis Llorente.

Pero llegó la década de los 80 y pareció que al Madrid se le atragantó la Movida. El equipo seguía teniendo grandes jugadores, a los que se les habían añadido otros como Fernando Martín, ‘IndioDíaz o la extraordinaria pareja yugoslava formada por la doble D, Mirza Delibasic –una especie de ‘PistolPete Maravich de los Balcanes- y Drazen Dalipagic. Sin embargo el dominio en ACB dejó de ser aplastante para pasar a compartirlo con el Barcelona de Epi, ‘ChichoSibilio, Audie Norris, Solozábal o Jiménez. En Europa tuvieron que ceder el trono a los equipos italianos –Cantú, Roma y Milán- y a los de la antigua Yugoslavia, el Cibona y la Jugoplastika.

Impotentes en la Copa de Europa, el Madrid de los 80 tuvo que conformarse con un par de Recopas de Europa, la segunda competición continental, que todavía no había ganado nunca. Lo harían por primera vez el 14 de marzo de 1984 contra el poderoso Simac de Milán. Era el año uno después de los yugoslavos, ídolos de la afición que el club tuvo que vender por motivos deportivos. En aquella época sólo podía haber dos extranjeros por equipo –de hecho en la liga sólo podía jugar uno, mientras que el otro se tenía que conformar con la competición europea, donde sí podían jugar dos- y el equipo necesitaba mejorar el juego interior. Un día Delibasic se dirigió al entrenador, Lolo Sainz, y con su tranquilidad habitual le dijo: “Me voy, el club necesita un pívot”. Ese mismo día, pagando en metálico, a tocateja, se hizo socio del Madrid. Un caballero, Delibasic.

Por la doble D llegaron los americanos Brian Jackson –un alero anotador, 22 puntos de media en ACB- y Wayne Robinson, que formó una pareja interior letal con Fernando Martín. Con los dos estadounidenses el equipo subió de nivel y se proclamó campeón de la primera edición de la ACB tras ganar por 2-1 la final al Barcelona, que la temporada anterior había ganado liga y copa. Aquí es donde entró en juego el factor suerte –o las bolas calientes, o las influencias, o los intereses, según se mire-.

En la temporada 82/83 el Real Madrid se clasificó para las semifinales de la Copa del Rey tras eliminar cómodamente al Joventut de Badalona. Tenía que enfrentarse al Barcelona pero abandonó la competición. La final la disputaron Barça e Inmobanco Madrid, un club que había nacido unos años antes de un filial del Real Madrid gracias a la perseverancia de Raimundo Saporta. El Inmobanco era un club en apuros: No tenía cancha propia, ni afición, ni, lo más grave, patrocinador. El Barça se impuso 125-93, el segundo marcador más alto en la historia de las finales de Copa –la otra fue en la 78/79 y enfrentó a estos dos mismos equipos, aunque el Inmobanco se llamaba por aquel entonces Tempus Madrid-. Epi fue la estrella con 30 puntos.

Pero como el Barça se había proclamado campeón de liga, llegar a la final bastó al Inmobanco para garantizarse el pase a la Recopa. Sin embargo el club no consiguió patrocinador y el 1 de julio de 1983 desapareció, dejando vacante el puesto europeo. Así, la Federación sorteó la plaza entre Real Madrid y Cotonificio de Badalona, los semifinalistas de Copa. El hecho de que el Madrid hubiera abandonado debía haber bastado para que el Cotonificio fuera el elegido, pero no fue así. Hubo sorteo y la suerte sonrió al Madrid. El equipo de Badalona se quedó sin patrocinador y desapareció la temporada siguiente, pero eso es otra historia.

En el entorno catalán se sospechaba que la Asociación de Clubes se había mantenido al margen del controvertido sorteo interesadamente: El Real Madrid iba a participar en un torneo junto al Barça, el Banco de Roma y el Bosna de Sarajevo cuyos beneficios irían íntegramente a las arcas de la Asociación. Cuanto menos sospechoso. Lo cierto es que el Madrid aprovechó a la perfección su ‘fortuna’ y llegó a la final de Ostende en la que se enfrentaría al todopoderoso Simac de Milán. La cita era en Ostende el 14 de marzo de 1984

Los italianos llegaban como líderes de la Lega, liderados por ‘Il Monumento Nazionale’ Dino Meneghin, el ilustre pívot italiano, el italoamericano Mike D’Antoni, el hasta hace unos días entrenador de los Knicks, o el escolta Roberto Premier. Pero también llegaba con la baja de su hombre-espectáculo, Antoine Carr, un número ocho del draft que más tarde tendría una más que digna carrera NBA. El partido fue trepidante, igualadísimo hasta el final. Lo decidieron dos tiros libres de Brian Jackson. Pese a tratarse de la final de la segunda competición continental, la prensa italiana consideró tras la final al Madrid como el mejor equipo de Europa. Lo que sí está claro es que supo aprovechar su ‘suerte’.

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