El día en el que Bird pasó del ‘Orgullo Celtic’ al virtuosismo

Los Celtics de Boston son la franquicia más laureada de la historia de la NBA con 17 campeonatos ganados. Es el equipo que más números ha retirado con diferencia -22-, lo que da una idea de la cantidad de grandes jugadores que han pasado por sus filas. Entre ellos están Bill Russell, el señor de los anillos, con 11 títulos en 13 años; Bob Cousy, conocido como el ‘Houdini de Hardwood’ por su extraordinario manejo de balón, con seis anillos; Tom Heinsohn y John Havlicek, con ocho; Sam Jones con 10 o Bill Sharman con cuatro. Sus batallas con los Lakers son legendarias, tanto en los años 60 como en los 80 como más recientemente en las finales de 2008 y 2010. El único conjunto que ha conseguido consolidarse más como una dinastía que como una franquicia, rodeándose de una mística aura de invencibilidad y rancio abolengo impropios de un equipo de baloncesto.

Sin embargo, entre las 50 mejores actuaciones individuales –en anotación- de la historia de la NBA no aparece ningún jugador Celtic. La tabla la lidera Wilt Chamberlain y sus famosos 100 puntos con los que machacó a los Knicks de Nueva York el 2 de marzo de 1962 –aunque él asegurara que bien podrían haber sido 140 si no hubiera salido la noche anterior-. De hecho, Chamberlain posee 30 de las 50 mejores anotaciones. Le siguen Kobe Bryant con 81 puntos frente a Toronto, David Thompson con 73, Elgin Baylor y David Robinson con 71, Michael Jordan con 69 y ‘PistolPete Maravich con 68. Rick Barry con 64, Joe Fulks, Jerry West y George Gervin con 63, Tracy McGrady con 62 y George Mikan, Karl Malone y Shaquille O’Neal con 61.

Todos ellos grandísimos jugadores capaces de convertirse en imparables armas ofensivas si tenían un día inspirado. Jugadores de leyenda, fuerzas de la naturaleza o prodigios técnicos que en muchos casos se retiraron sin un solo anillo que diese lustro a unas manos que tanto habían hecho por el baloncesto. Y ningún Celtic en la lista –Maravich y O’Neal jugaron apenas un año en el ocaso de sus respectivas carreras, cuando sus días más gloriosos habían quedado atrás-. No es casualidad, sin embargo. Los Celtics siempre se han caracterizado por primar el equipo sobre la individualidad. En los 60, el inolvidable conjunto forjado desde el banquillo por ‘RedAuerbach que ganó ocho títulos consecutivos para un total de 11 en 13 años fue una apisonadora merced a su espíritu de equipo.

Auerbach cambió el baloncesto. Redefinió un deporte en el que predominaban las individualidades y los marcadores altos para incidir en la importancia del juego en conjunto, la defensa y sobre todo el contragolpe como principal arma ofensiva. Si en los primeros años 50 habían mandado los Lakers gracias a la labor de George Mikan, la primera superestrella de la liga, el primer pívot verdaderamente dominador, y sus compañeros Jim Pollard y Vern Mikkelsen, en los 60 la cosa cambiaría.

Los Celtics se repartían los puntos y responsabilidades entre todos sus jugadores –Russell, Cousy, Sanders, K.C. Jones, Sharman, Heinsohn, Havlicek, Loscutoff, Ramsay y tantos otros- como los hippies de la época compartían amores, drogas y buena música. Una especie de comuna, una cooperativa auspiciada por Auerbach. Todos para uno y uno para todos, los de Boston se convirtieron en los mosqueteros del baloncesto. El pívot Bill Russell era la piedra angular del equipo, el capitán y alma máter, pero su principal función era la de motivar a sus compañeros partido tras partido y año tras año, la extensión de ‘Red’ en la cancha. No en vano, sus dos últimos anillos los ganaría ya como jugador-entrenador.

En los 70 Auerbach, ya desde los despachos, consiguió reunir a Dave Cowens, Jo Jo White, Paul Silas o Paul Westphal para volver a llevar a la franquicia de Boston a dos nuevos anillos, pero una vez más la clave estaba en el buen funcionamiento como equipo. La gran camaradería y compañerismo, el sacrificio personal por el bien común seguían siendo las señas de identidad Boston. El orgullo Celtic.

En 1978 Auerbach se sacó su último as de la manga al escoger a Larry Bird en el draft, a pesar de que todavía le quedaba un año de universidad. En una jugada maestra, ‘Red’ se adelantó a sus rivales: podía hacerlo porque Bird, ‘el paleto de French Lick’, había empezado un año la universidad pero la había dejado para luego volver al siguiente, por lo que ya era elegible. No podría debutar hasta la temporada 79-80, pero pronto demostraría que la espera había valido la pena. Rookie del año, el alero de Indiana revolucionó el equipo. De un pobre 29-53 de balance victorias -derrotas sin él, pasaron a un brillante 61-21, el mejor de la liga regular.

La temporada siguiente, ya con Parish y McHale completando un gran juego interior, los Celtics conquistaron un nuevo anillo, el primero de los tres que ganarían en los 80. Bird capitaneaba el conjunto con mano de hierro, guante de terciopelo y muñeca de seda. No había tanta camaradería ni tantos abrazos como en aquellos maravillosos 60, pero todo ese compañerismo se había cambiado por una tenaz ética del trabajo, un compromiso con la camiseta como no se recordaba, ‘Celtic Pride’ en estado de ebullición.

Bird ganó tres anillos, tres MVPs de la temporada regular y dos de las finales, llevó a su equipo a otras dos finales que perdieron contra los Lakers y junto a ‘Magic’ Johnson elevó a los altares del espectáculo a una competición que estaba de capa caída. Alero lento y con poca capacidad de salto, consiguió todo eso gracias a su portentosa muñeca y su gran inteligencia y visión de juego, así como su capacidad para sobrellevar la presión. Pero sobre todo merced a su gran ética de trabajo y ansia de victoria.

Como todo ganador, Bird no soportaba perder y hacía todo cuanto estaba en su mano por evitarlo. Su voracidad se reflejaba en su facilidad para coleccionar triples dobles, un total de 59 a lo largo de su carrera. Larry no permitía que nadie le tosiera. Era el mejor y lo sabía, y esa arrogancia le llevaba a unos métodos de motivación cuasi castrenses.

El 3 de marzo, en un partido contra los Pistons, el ala pívot Kevin McHale firmó quizá la mejor actuación de su carrera con 56 puntos. Era el récord histórico de la franquicia. A falta de pocos minutos, exhausto, pidió el cambio, cosa que molestó sobremanera al número ‘33’. Le abroncó, diciéndole que debía haber permanecido hasta llegar a los 60 puntos y retándole a que con esa actitud su plusmarca le iba a durar poco.

Dicho y hecho. La semana siguiente, el 12 de marzo de 1985, Larry Bird le endosó 60 puntos a los Atlanta Hawks de Dominique Wilkins, lo que supuso un nuevo récord para los Celtics que aún hoy sigue vigente. “¿Ves? Te dije que fueras a por los 60” le espetó a su compañero nada más terminar con una frialdad pasmosa y un rostro imperturbable. El jefe había vuelto a poner las cosas en su sitio. Y es que no es arrogante el que quiere sino el que puede. La exhibición de Bird frente a los Hawks fue portentosa, una de las mayores demostraciones de tiro que jamás se había visto. Las metió de todos los colores, pero destacaron sobre todo sus suspensiones y ‘fade outs’. El alero anotó los últimos 16 puntos de su equipo y la última canasta fue sobre la bocina, buena muestra de su ambición y de las ganas que tenía de explicarle cómo funcionaban las cosas a McHale.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: