El día en el que cayó ‘El Más Grande’

El 26 de febrero de 1964 un joven de apenas 22 años dio su primer paso hacia el desfiladero entre el amor y el odio, su primer acercamiento a la delgada línea entre lo idolatrado y lo vilipendiado. La noche anterior Cassius Clay había derrotado contra pronóstico al campeón mundial de los pesos pesados, el aparentemente invencible ‘SonnyListon, con toda su pegada y su aspecto amenazador. Clay lo había tumbado con su peculiar estilo, su baile constante y eléctrica velocidad. De la misma forma que había ganado el oro en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960, “flotando como una mariposa y picando como una abeja”. Había nacido un héroe. El mundo del boxeo jamás había conocido semejante talento, la combinación perfecta de rapidez, fuerza, reflejos e inteligencia.

Al día siguiente el flamante campeón anunció que formaba parte de la Nación del Islam, un grupo hasta entonces poco conocido del movimiento separatista negro de religión islámica que tenía en su punto de mira al poderoso hombre blanco. Cambió su nombre de esclavo, Cassius Clay, por el de Cassius X, hasta que tres semanas después el líder del movimiento, Elijah Mohammed, le otorgó su nuevo nombre musulmán, Muhammad Ali. Clay, digo, Ali, empezó entonces, nada más proclamarse campeón del mundo, justo después de autoproclamarse como ‘El Más Grande’, un tortuoso camino que casi le llevó a la cárcel. Su particular descenso a los infiernos.

Pese a que su genialidad en el cuadrilátero no se vio afectada, su vida sí cambió radicalmente. Seguía siendo Cassius Clay antes de los combates, con sus mismas fanfarronadas, anunciando el asalto en el que noquearía a su rival, burlándose en verso del adversario, desplegando toda la creatividad de su rápida lengua viperina, que no tenía nada que envidiarle a sus piernas ni a sus puños. Defendió con brillantez el cinturón de los pesos pesados en nueve ocasiones durante tres años, incluyendo sendas palizas a Floyd Patterson y Ernie Terrel en las que se le vio especialmente motivado, gritándoles continuamente: “¿Cuál es mi nombre? ¿Cuál es mi nombre?”. (Patterson y Terrel se habían negado a llamarle por su nuevo nombre musulmán. Ali demostró que no era buena idea cabrear al campeón). Al mismo tiempo, una vorágine de actos, mítines y manifiestos ocupaban su vida. Su faceta de activista radical le fue granjeando no pocos enemigos.

Fue en 1967 cuando la turbulenta década de los 60 alcanzó su máximo apogeo, una especie de sprint final de una larga carrera, un último cambio de marcha. Con el recrudecimiento de la Guerra de Vietnam, el ejército estadounidense seleccionó a Ali para el alistamiento, pero éste se negó. Se declaró objetor de conciencia, aduciendo que como Ministro musulmán su religión le prohibía participar en cualquier guerra que no hubiera sido declarada por Alá o su mensajero. “No tengo ningún conflicto con el Vietcong. Ningún Vietcong me ha llamado nunca ‘negrata’”, explicaba Ali. Pero algunos congresistas habían olido sangre y aprovecharon la oportunidad para vilipendiarle, cuestionando su patriotismo. En un país como Estados Unidos había pocas cosas peores.

Rápidamente las distintas comisiones le despojaron de su título mundial y de su licencia de boxeador. Dos meses después se le sentenció a cinco años de cárcel. Pese a que nunca ingresó en prisión, Muhammad Ali tampoco conseguía que le devolvieran la licencia. El gran campeón, ‘El Más Grande’, convertido en un paria. Aunque no para todos. La Guerra de Vietnam había creado toda una contracultura, formada principalmente por estudiantes que no estaban de acuerdo con el controvertido enfrentamiento bélico y querían a su país fuera de Vietnam. Jóvenes que no estaban de acuerdo con el sistema y creían poder cambiarlo. Ali se convirtió en su ídolo. Daba charlas incendiarias sobre sus ideas en relación a las diferencias raciales, la religión y la guerra que siempre terminaban con la misma pregunta: “¿Quién es el verdadero campeón?”, a lo que la gente respondía con el cántico de “Ali, Ali”. El paria se había convertido en icono de la contracultura.

Durante su ausencia los pesos pesados adolecieron de un campeón consistente hasta la llegada de un fornido chico de Philadelphia, de origen humilde y brutal pegada: Joe Frazier. Con sólo 6 años, Frazier, el último de 13 hermanos, empezó a trabajar con su padre. Tras las maratonianas jornadas laborales en una plantación, el pequeño Joe se divertía golpeando un viejo saco de arena que colgaba de un árbol. Una infancia dura que iba a templar el carácter de uno de los tipos más duros de la historia del boxeo, forjando al mismo tiempo un gancho de izquierda mortífero e inmortal. Con los años se empeñó en imitar a su ídolo, Joe Louis, el bombardero de Detroit, y ya nadie fue capaz de hacerle cambiar de opinión.

Por fin, en un gimnasio, el veterano entrenador Jack Durham lo acogió, impresionado de cómo el joven “sacaba humo del saco”. Al fin y al cabo llevaba toda su vida haciéndolo. Desde entonces se le conoció como ‘Smokin’ Joe –Joe ‘el humeante’-. Igual que Ali, Frazier también fue campeón olímpico. Igual que Ali, Frazier también llegó imbatido a su primera pelea por el título mundial, e igual que Ali, Frazier también la ganó, en este caso ante Buster Mathis –que le había vencido dos veces cuando eran amateurs-. Pero hasta ahí llegaban las similitudes. En todo lo demás no podían ser más diferentes, tanto dentro como fuera del ring.

Frente al talento natural de Ali, su veloz juego de piernas, su uno-dos electrizante, su estilo peculiar pero impoluto, ‘Smokin’ Joe era una apisonadora que apretaba desde el principio y no dejaba de presionar, siempre hacia delante, siempre a por todas, con un arma letal por gancho de izquierdas, un auténtico trueno, principal causante de la mayor parte de sus nocauts. Frente al gesto siempre impoluto de Ali, Frazier peleaba entre continuos gruñidos y bramidos que le hacían parecer una bestia recién liberada. Frente a las fanfarronadas de Ali y su mordaz retórica, ‘Smokin’ Joe se mostraba como un tipo callado, al que le gustaba hablar en el cuadrilátero. Frente al activismo de Ali y su cruzada contra el sistema, Frazier aparecía como el perfecto padre de familia, trabajador, hecho a sí mismo, decente y respetuoso con la ley.

En 1970 Muhammad Ali recuperó su licencia para boxear en el estado de Georgia, gracias a un senador estatal -negro-que era amiguete. Que su primera licencia fuera en Georgia, una de las cunas del Ku Klux Klan, no deja de ser curioso. El 26 de octubre de 1970 el invicto Ali, desposeído de su título de campeón, tumbó a Jerry Quarry en el tercer asalto. Un activista negro noqueando a un blanco en Atlanta ante el deleite de los aficionados: Ver para creer. En la noche más grande de la capital de Georgia desde la premiere de ‘Lo que el viento se llevó’ el protagonista fue un afroamericano, cosas del destino. Ali ganó, seguía invicto, pero no convenció. Se le veía en forma, pero parecía que los más de tres años sin competir le habían pasado factura, sobre todo a su velocidad de piernas, su principal seña de identidad.

Pronto recuperó la licencia para combatir también en la ciudad de Nueva York. Se enfrentó al argentino Bonavena, al que no pudo tumbar hasta el último asalto, en un combate muy disputado. Con ésta, llegó a su victoria número 31, 25 por KO.

Por fin, el 8 de marzo de 1971 se enfrentaron los dos mejores boxeadores del momento en un combate por la supremacía y el título mundial unificado de los pesos pesados. El campeón Joe Frazier (26-0, 23 KOs) contra el aspirante Muhammad Ali (31-0, 25 KOs). Se conoció como ‘The fight of the Century’ –El combate del siglo- o simplemente ‘The Fight’ –La Pelea-. El combate trascendió más allá del deporte. Representaba la confrontación de dos formas distintas de ver y entender la vida, el cruce de diferentes ideas políticas, religiosas y socio-culturales.

Como de costumbre, Ali calentó el enfrentamiento en los días previos. “Joe Frazier parece un gorila, se mueve como un mono”; “Joe es tan feo que cuando llora las lágrimas dan la vuelta a su cabeza para caer por la nuca, es demasiado feo para ser el campeón”; “Joe es tan lento y triste que parece un camión de pompas fúnebres”; “Si sueñas con ganarme, será mejor que despiertes y pidas perdón”. Éstas y más lindezas le dedicó Ali a su rival. También anticipó que lo tumbaría en el sexto asalto. Pero ‘Smokin’ Joe nunca entró al trapo. Se mantuvo discreto y callado, ya lo cogeré en el ring.

La noche del 8 de marzo de 1971 no cabía un alfiler en el Madison Square Garden. Jamás un acontecimiento deportivo había generado semejante expectación, ni siquiera la ‘Superbowl’ o las finales de las Series Mundiales de Baseball. Los dos boxeadores se habían asegurado una bolsa de 2 millones y medio de dólares cada uno por el combate, una cifra sin parangón para la época. Frank Sinatra ejercía de fotógrafo para la revista ‘Life’, Burt Lancaster de comentarista para la televisión del circuito cerrado. Hubert Humphrey, ex vice-presidente estadounidense, se tuvo que conformar con un asiento en el segundo anfiteatro. Otros famosos, como Bing Crosby, ni siquiera pudieron asistir.

En las apuestas, Frazier era ligeramente favorito, 6 a 5. Minutos antes del inicio la tensión en el Madison era insostenible, la gente en pie, incapaz de sentarse. Por fin sonó la campana, pero la muchedumbre continuaba de pie. En los dos primeros asaltos Frazier salió a presionar al máximo, como de costumbre, aunque Ali aprovechaba su mayor altura y envergadura para bailar y mantenerle alejado con sus rápidas combinaciones. Sin embargo, la mayoría de sus jabs no alcanzaban el objetivo. ‘Smokin’ Joe los esquivaba haciendo gala de una velocidad que sorprendió al aspirante.

A partir del tercer asalto los movimientos de Ali dejaron de tener su habitual gracilidad, aquella que le había encumbrado antes de 1967. Cambió sus característicos saltitos de puntillas por otros en los que apoyaba toda la planta de los pies, quizá para guardar energías. Pero esto hizo que Frazier empezara a dominar el combate. Un dominio que no era apabullante pero que evidenciaba que algo estaba cambiando. El ritmo de la pelea era electrizante, tal vez demasiado alto para un boxeador que apenas había disputado dos combates en cuatro años, aunque se llamara Muhammad Ali. ‘Smokin’ Joe lanzaba más puñetazos en un asalto de los que muchos pesos pesados lanzaban en una pelea entera.

El enfrentamiento siguió por los mismos derroteros y así pasó el sexto asalto, sin que Ali cumpliera con su pronóstico. Frazier le había metido una intensidad increíble al combate, parecía un maníaco cuyo único objetivo era tumbar a su rival. El aspirante no se movía con su antigua agilidad, pero aun así seguía conectando poderosos jabs al rostro de ‘Smokin’ Joe cada vez que podía contraatacar. La cara de Frazier estaba cada vez más tumefacta, sus ojos más hinchados, prueba irrefutable de que los golpes de Ali estaban llegando. Cuando se quedaba sin fuelle, Muhammad ponía el guante en la cara de su adversario y lo alejaba, aprovechando esos segundos para descansar e intentar aparentar más entereza de la que tenía, haciendo como que estaba jugando con él. Una vez más, Frazier no picó el anzuelo.

El ritmo impuesto por Frazier era tan vertiginoso que Ali se vio acorralado contra las cuerdas en muchas fases del combate. Fue la primera vez que Ali mostró lo que luego pasaría a la historia como el ‘rope a dope’, una estrategia que Muhammad hizo famosa en ‘The Rumble at the Jungle’, su pelea por el título mundial contra George Foreman en Kinshasha, en 1974. Se quedaba contra las cuerdas protegiendo su cuerpo y rostro con los brazos, absorbiendo los golpes del rival, mientras éste se cansaba.

Con Frazier dominando y Ali contragolpeando se llegó al undécimo asalto. De momento cualquiera podía ganar a los puntos, el combate era muy igualado. Pero a falta de un minuto, ‘Smokin’ Joe cazó con su gancho de izquierda a su oponente, alcanzándole de pleno en el mentón. Un gancho que era una bomba, un gancho que podría haber tumbado a un elefante o descarrilado el transiberiano. Las piernas de Ali flaquearon, pero aguantó el resto del asalto, la versión más estoica que jamás se había visto de ‘El Más Grande’.

Los dos púgiles reservaron algo sus fuerzas en los dos siguientes asaltos, como si ninguno quisiera descubrir sus cartas demasiado pronto. En el 14 Ali mostró su mejor versión, sacando unas fuerzas renovadas de no se sabe muy bien donde. Volvió a moverse como en él era habitual, ligero, el ángel etéreo del ring dispuesto a terminar con su adversario. Se llevó el asalto con claridad, pero no acabó con Frazier y su obstinada determinación por vencer al charlatán.

Así llegaron al decimoquinto y Ali fue incapaz de mantener el mismo ritmo del asalto anterior. Volvía a ser un peso pesado. ‘Smokin’ Joe lo aprovechó y se lanzó a por él desde el tañido de la campana. Los dos estaban exhaustos pero seguían lanzando puñetazos como si les fuera la vida en ello –y casi lo hacía-. Apenas había transcurrido un minuto del último asalto cuando Frazier volvió a conectar su gancho furibundo, arma de destrucción masiva, un misil tomahawk directo al rostro de Ali, rumbo a su dañado mentón. Esta vez fue demasiado para las cansadas piernas del aspirante, que se doblegaron ante el golpe.

‘El Más Grande’ cayó fulminado, su espalda en la lona y las piernas en el aire, en dirección a las luces del Madison. Una imagen que sólo se había visto dos veces anteriormente, cuando aún se llamaba Cassius Clay, en sus combates frente a Sonny Banks y Sir Henry Cooper, que pese a todo acabó ganando. Pero milagrosamente Ali se levantó casi de inmediato, herido en su orgullo, cuando el árbitro apenas había contado hasta tres, y permaneció de pie hasta el final del combate. El tremendo gancho fue suficiente para dar la victoria a Frazier y así lo consideraron los jueces, por decisión unánime. ‘Smokin’ Joe seguía siendo el campeón del mundo, ahora ya sin ninguna duda. Ali se fue al vestuario nada más terminar la pelea, sin pararse a hablar con la prensa. Frazier no sólo había ganado al más grande, al invencible. No sólo había roto en pedazos las alas de la mariposa y arrancado de cuajo el aguijón de la abeja. ‘Smokin’ Joe, con su gancho mortífero e inmortal había conseguido acallar al fanfarrón.

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