El día del ‘Milagro sobre el hielo’

miraclegif

La década de los ’70 fue una época dura para los Estados Unidos. El triste final de la tan reprobable Guerra de Vietnam, el bochornoso espectáculo del escándalo Watergate, la inflación galopante, el creciente desempleo, la crisis energética… Malos tiempos para la lírica y un buen fondo para un caldo de inestabilidad y desencanto generalizado en una población de natural optimista. A finales de 1979 se juntaron además la crisis de los rehenes en Irán –cuando un nutrido grupo de estudiantes que se hicieron llamar los ‘Discípulos del Imán’ asaltaron la embajada estadounidense en Teherán y tomaron como prisioneros a todo el personal diplomático- y la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética. Más madera. La Guerra Fría se volvía a calentar.

Con ese panorama nadie se podría haber imaginado que un grupo de estudiantes universitarios aficionados al hockey sobre hielo iba a ser la bocanada de aire fresco que insuflara nuevos ánimos al país. Pero así fue. El 22 de febrero de 1980 la selección de hockey de los EEUU se impuso 4-3 a la de la URSS en los Juegos Olímpicos de invierno celebrados en Lake Placid, en el estado de Nueva York. La victoria sobre los soviéticos pasaría a los anales como el ‘milagro sobre el hielo’ y 20 años después los estadounidenses la votaron como la victoria más trascendente de la historia deportiva de su país. Más que las exhibiciones de Jesse Owens en la cara de Hitler en los Juegos de Berlín 1936, más que el inolvidable ‘Dream Team’ de Barcelona 1992.

Tras la invasión de Afganistán y el repunte en la tensión entre las dos superpotencias muchos pensaron que la Unión Soviética y sus países satélites boicotearían las Olimpiadas de Lake Placid. Sin embargo, la URSS tenía otros planes: mostrar todo su potencial en casa de su máximo enemigo, para su mayor humillación y escarnio público. Así, llegaron con sus máximas estrellas, sus atletas más cualificados disfrazados de amateurs. La maquinaria comunista puesta al servicio del deporte con la única meta de ganar. Al otro lado del telón de acero los deportistas no tenían elección. Desde niños, a cualquiera que destacara en alguna actividad se le apartaba de su familia, se le llevaba a un campamento y se le entrenaba hasta la extenuación, cualquier diamante se pulía al máximo, no importaba que quisiera mantenerse impuro. El objetivo era alcanzar la perfección y los resultados estaban a la vista de todos.

Así llegó a Lake Placid la selección soviética de hockey sobre hielo: como máxima favorita. Venía de ganar las cuatro Olimpiadas anteriores y cinco de las últimas seis. Muchos de sus jugadores ya habían sido campeones, algunos hasta en dos ocasiones, como el capitán Boris Mikhailov, Alexander Maltsev, Valeri Kharlamov o el portero Vladislav Tretiak, tal vez el mejor de la historia. Otros más jóvenes venían empujando fuerte como Vladimir Krutov o Sergei Makarov. Tenían un estilo de juego muy ofensivo, muy técnico, con continuas combinaciones que volvían loca cualquier defensa. No eran profesionales, eran magos sobre el hielo financiados por el gobierno, el Ballet Bolshoi sobre patines. Llevaban tantos años seguidos siendo los mejores, ganaban con tal suficiencia que el resto de equipos prácticamente se resignaba a competir por la plata.

Estados Unidos por su parte no ganaba el oro olímpico en hockey desde 1960. Lo peor es que los equipos amateurs americanos eran cada vez menos competitivos, cada vez más inferiores a sus rivales europeos. Tratando de evitar hacer el ridículo EEUU reunió en julio de 1979 a sus mejores jugadores universitarios bajo la atenta mirada de Herb Brooks, el seleccionador. Se dividieron en cuatro equipos que competirían entre ellos. El entrenador además entrevistó personalmente a cada jugador, juzgando quiénes eran los más adecuados para defender el honor patrio. Las tensiones internas no tardaron en aparecer, consecuencia de reunir jugadores de universidades rivales como Minnesota y Boston. Brooks había sido además entrenador en Minnesota, tres veces campeón de la NCAA, por lo que el resto de jugadores se sentía en desventaja.

Con el equipo perfilado, Herb tenía medio año para preparar a sus chicos. Con una media de edad de 22 años EEUU era la selección más joven con diferencia, una panda de chavales que tenía que competir contra hombres más mayores, más fuertes, más experimentados y encima mejores. Brooks se devanó los sesos durante años: ¿Cómo podía vencer a los soviéticos? Finalmente decidió copiar su estilo de juego, pagarles con su misma moneda. Pero lo primero que había que hacer era convertir aquel grupo dividido en una piña y no había mejor forma que dándoles un enemigo común, él mismo. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Durante el campamento Brooks desquició a sus jugadores en grupo o uno por uno, les gritaba, les insultaba, les vacilaba, sobre el hielo, en los vestuarios… La jugada le salió perfecta y la selección dejó de ser una mezcla de deportistas de distintas universidades para pasar a ser un equipo. Compacto y unido, todos para uno y uno para todos, los mosqueteros del hielo.

En septiembre hicieron una gira por Europa para jugar contra algunos de sus futuros rivales olímpicos. Ganaron seis de sus primeros ocho partidos antes de jugar contra Noruega, selección a la que se enfrentarían en la primera ronda de los Juegos. El combinado escandinavo era uno de los más flojos pero EEUU, con un juego muy plano, sin capacidad de sorpresa ni de reacción, sólo pudo empatar a tres. Este encuentro fue un punto de inflexión para el equipo. Nadie había visto nunca a Brooks tan enfadado. Recién terminado el partido ordenó a sus jugadores que se quedaran en la pista y los tuvo esprintando de punta a punta casi una hora. Los noruegos no entendían nada. Profesionales de este deporte aseguran que 5 ó 10 minutos de ‘Herbies’ –así se conocieron- son agotadores. Brooks los tuvo como unos 50 y justo después de haber jugado. El encargado de la pista apagó las luces pero ni por esas, siguieron patinando hasta que el entrenador se dio por satisfecho.

A la vuelta de la gira el equipo parecía otro. Continuó con su preparación e incluso ganó un torneo de Navidad a la selección B de la Unión Soviética. El combinado bueno de la URSS, los magos sobre el hielo, también jugaron amistosos y en uno de ellos humillaron a una selección de la NHL. El 9 de febrero, días antes del inicio de las Olimpiadas, los dos combinados se enfrentaron y el resultado fue esclarecedor. 10-1 para los rusos. Tranquilamente podría haber sido 20-1. No es que fueran superiores, es que no había rival. ¿El típico niño que se va de todos sus compañeros en el patio del colegio? Todos los rusos eran ese niño. Los americanos eran el resto de la clase.

Con ese precedente la selección de Brooks bajó de su nube. Nadie contaba con ellos para la lucha por las medallas, tal vez fuera mejor así. En el primer partido de los Juegos EEUU se enfrentó a Suecia y en el último segundo marcó el gol del empate a dos. La cosa no había empezado del todo bien, pero fue mejorando. Ganaron sus otros cuatro partidos, incluyendo una victoria por 7-3 ante la potente Checoslovaquia. Pero Suecia también se impuso a las demás selecciones del grupo y por diferencia de goles pasó como primera de grupo. Lo que condenaba a los estadounidenses a enfrentarse en el primer partido de la final a cuatro al primero del otro grupo: la URSS, que se había paseado, ganando fácil todos sus encuentros.

Los rusos no se tomaron en serio a los americanos. Hacía apenas un par de semanas les habían humillado. Parecía que aun cojos les seguirían ganando. EEUU jugaba con eso a su favor. No tenía nada que perder, aunque el objetivo era no hacer el ridículo. Empezó el partido y sí, los soviéticos eran superiores, pero no tanto como se suponía. A falta de cinco segundos para el final de los primeros 20 minutos sólo ganaban 2-1. Tretiak detuvo fácilmente un disparo lejano de Dave Christian y entonces los defensas rusos se confiaron, dieron por finalizado el tiempo y el disco le cayó a Mark Johnson, que anotó a placer. El portero pagó los platos rotos y Tikhonov lo dejó en el banquillo el resto del partido. Fue lo peor que pudo hacer.

La URSS salió a por todas en el segundo periodo. Atacaron una y otra vez, pero se toparon con un Jim Craig en estado de gracia que paró todo lo que le llegó. La exhibición del portero americano fue para grabarla en vídeo, las paró de todos los colores. Pese a avasallar al contrario, el marcador al final del segundo tiempo reflejaba un escuálido 3-2 a su favor. El último periodo parecía seguir por los mismos derroteros, pero a algunos jugadores rusos se les empezaba a notar el cansancio. Tikhonov confiaba mucho en sus veteranos, Mikhailov y compañía, pero éstos no estaban acostumbrados a esforzarse durante un partido entero, normalmente su calidad les bastaba para resolverlo antes.

Entonces entró en juego uno de los pilares de la estrategia de Brooks, el aspecto del juego sobre el que más había incidido desde el principio: la velocidad. El empate llegó en un ‘power play’ norteamericano –ventaja numérica- tras una serie de errores de la zaga soviética. El gol lo anotó otra vez Johnson. Apenas un par de minutos después se desató la locura. Tras otro error defensivo, el disco le cayó al capitán, Mike Eruzione, que le pegó con el alma. EEUU 4 – URSS 3. Se estaba obrando el milagro pero nadie se lo creía todavía. Ni siquiera los rusos, que siguieron combinando, convencidos de que tarde o temprano su superioridad se reflejaría en el marcador. Para los americanos el reloj se había parado, los diez minutos más largos de sus vidas, pero lo cierto es que el tiempo pasaba y la ventaja permanecía.

A falta de un par de minutos empezó a cundir el pánico entre los jugadores soviéticos, que no entendían nada. Superados por las circunstancias sólo acertaban a mandar el disco a la zona de EEUU, sin ton ni son, sus rostros desencajados. Las intrincadas combinaciones habituales, los intercambios de posiciones, los tuya-mía desaparecieron. En su lugar, el caos. El público empezó a corear la cuenta atrás: “Diez, nueve, ocho…” El comentarista Al Michaels elevó su voz sobre todas las demás en la frase que le catapultó a la categoría de mito del micrófono: “Once segundos. Quedan diez segundos, la cuenta atrás empieza justo ahora. Cinco segundos para el final del partido. ¿Creéis en los milagros? ¡Sí!

El milagro sobre el hielo era una realidad. La pandilla de universitarios había ganado al Ballet Bolshoi del hockey mundial. A Estados Unidos le bastaba con vencer a Finlandia para llevarse el oro. Sufrió más de la cuenta, pero otra vez en el tercer cuarto los jugadores sacaron lo mejor que llevaban dentro y se proclamaron campeones olímpicos. Una de las mayores sorpresas de la historia del deporte junto a la derrota de Hungría en el Mundial del 54 o el KO de ‘BusterDouglas sobre Mike Tyson. Al fin los americanos podían volver a sentirse orgullosos de su país. No se veía tanta bandera estadounidenses desde los años 60 y entonces se enarbolaban para ser quemadas. Unos jóvenes aficionados jugadores de hockey habían devuelto la esperanza y la confianza en sí mismo a todo un país.

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