El día en el que se premió la magia (Parte I)

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Hubo un tiempo en que la ciudad de Los Ángeles dejó de moverse al son del cine. Un tiempo en que el espectáculo se trasladó de Hollywood a Inglewood y las estrellas del Paseo de la Fama cedieron su brillo a las del Forum. Eran los años 80 y el ‘showtime’ empezaba a arrollar con todo lo que se le ponía enfrente. Una nueva forma de jugar al baloncesto, una nueva forma de entender el deporte y la vida. Su padre, gestor y mesías fue un chaval de apenas 20 años, recién salido de la Universidad. Un joven al que nadie conseguía arrancarle la eterna sonrisa de felicidad de su cara. Un tipo de 2’06 que jugaba de base y que iba a salvar la NBA, aquejada de una grave crisis desde hacía unos cuantos años que casi acaba con ella. En su partida de nacimiento pone Earvin Johnson Jr. pero su apodo le hace mayor justicia: ‘Magic’. El 16 de febrero de 1992 los Lakers retiraron su dorsal número ’32’ en señal de eterna gratitud.

‘Magic’ Johnson nació para ser una estrella. Desde que su padre le regalara una pelota de baloncesto cuando sólo era un crío su romance con el balón y la canasta fue un flechazo, amor a primera vista. Si el pequeño Earvin tenía que hacer un recado botaba la pelota con la diestra hasta la tienda, compraba lo que tuviera que comprar y de vuelta la botaba con la izquierda. Si llegaba la hora de dormir, cogía el balón y se acostaban juntos, como buenos enamorados. Mantener toda su carrera esta pasión por el baloncesto fue quizá el secreto que se escondía bajo su estilo único, incomparable e irrepetible. Ese intangible que le valió para ser si no el mejor jugador de la historia –muchos asegurarán que sí lo es-, al menos el más querido y el más inimitable. Pronto se empezó a correr la voz por su barrio de que había un chico que iba para figura.

Cuando llegó al instituto su fama le precedía. Sólo tenía 15 años pero el pabellón de Everett se llenaba partido tras partido de gente ansiosa por ver al chico maravilla. De hecho fue tras uno de estos encuentros cuando un periodista, Fred Stabley, deslumbrado por la actuación de Johnson (acabó con 36 puntos, 18 rebotes y 16 asistencias) le puso el apelativo de ‘Magic’ que ya le acompañaría para siempre pese a las reticencias de su madre, devota cristiana. En su segundo año guió a su equipo al título estatal con un récord de 27 victorias por tan solo una derrota, promediando más de 28 puntos y más de 16 rebotes por partido. Las universidades se lo rifaban.

Pero ‘Magic’, muy apegado a su familia, no quería irse lejos de casa, pese a las ofertas de universidades con grandes equipos como UCLA o Indiana. La cosa estaba entre la Universidad de Michigan o la de Michigan State, que a la postre fue la elegida. A su entrenador sólo le hizo falta prometerle que jugaría de base para convencerle. En su primer año llevó a un equipo que venía de ganar sólo 10 partidos la temporada anterior a ganar 25 y conquistar su conferencia. A nivel nacional perdieron contra Kentucky, a la postre campeones de la NCAA. ‘Magic’ promedió 17 puntos, más de 7 rebotes y casi 8 asistencias. Tras esa derrota todo el mundo creyó que daría el salto al profesionalismo, simplemente era demasiado bueno para no hacerlo. Pero no era su estilo. Él era un ganador, quería llevar a Michigan State al título universitario. Y normalmente nada se le resistía…

Al año siguiente Jud Heathcote puso a ‘Magic’ de alero y el cambio le sentó de maravilla al equipo. Sus números fueron muy parecidos a los del primer año, pero esta vez el equipo llegó a la final de la NCAA. Su rival: la imbatida Universidad de Indiana State liderada por Larry Bird, la otra gran estrella del campeonato. La primera de muchas batallas entre ambos. La televisión convirtió la final de la NCAA más anunciada de la historia y la más vista hasta ese momento en un duelo particular entre sus dos figuras. Una sana rivalidad que años después se transformaría en leyenda. ‘Magic’ guió a los suyos a la victoria por 75-64 con 24 puntos y fue nombrado mejor jugador del partido. Ahora ya podía dar el salto a la NBA.

Y lo dio de la mejor manera: Elegido como número 1 del ‘Draft’ por Los Ángeles Lakers, que tenían la primera opción de los Utah Jazz tras el traspaso de Gail Goodrich en la 76-77. Un jugador de película, de dibujos animados –parafraseando la definición que dio Johan Cruyff de Romario– no merecía otro destino que la ciudad de Hollywood. ‘Magic’ estaba encantado de unirse a Kareem Abdul-Jabbar, el pívot más dominador del momento, puede que el más dominador de la historia, que pese a todo aún no había conseguido ningún anillo con los de púrpura y oro. En su primera temporada promedió 18 puntos y más de 7 asistencias y 7 rebotes por partido. Sus números, pero sobre todo su alegre concepción del juego y su simpática sonrisa le valieron para participar en el All-Star como titular, el primer rookie que lo conseguía desde el gran Elvin Hayes. Sus pases mirando al tendido encandilaban a los aficionados, que nunca habían visto nada similar. ‘Magic’ miraba hacia Murcia y la ponía en La Coruña. Cuando parecía que la iba a pasar penetraba hasta anotar, cuando parecía que iba a penetrar doblaba el pase. Pura magia en movimiento, su gesto más característico ha sido quizá uno de los más imitados en la historia del deporte: Michael Laudrup, ‘Chocolate blanco’ Williams, Ronaldinho, Guti… Todos bebieron de ‘Magic’.

Desde el primer momento ‘Magic’ demostró que no era un jugador de baloncesto más. Su pasión le delataba, una pasión que muy pronto contagiaría a los espectadores del Forum Inglewood y a toda la ciudad de Los Ángeles. Ya en el partido inicial de la temporada dejó la primera muestra: Jugando contra los Clippers –entonces de San Diego- los Lakers perdían de un punto a falta de dos segundos. Sacaron de banda, balón para Kareem, ‘sky hook’ –ese gancho del cielo, el tiro imparable, marca registrada-, dos puntos y victoria. ‘Magic’ se fue corriendo como un loco a abrazar a su pívot, chocando cuantas manos se encontraba por el camino, celebrando el triunfo como si hubiera ganado la NBA. Abdul-Jabbar que no sabía dónde meterse, ¿qué hace este tío? Johnson reconoció años después que en el vestuario su compañero le había pedido por favor que no volviera a hacer eso, que les quedaban 81 partidos por delante.

Así era Johnson, impulsivo y apasionado, y muy pronto todos se acostumbrarían. En ese primer año los Lakers alcanzaron la final del campeonato en la que se enfrentaron a los Sixers del Dr. J, Julius Erving. Las portadas las acaparaban Erving y Kareem, quizá las dos principales estrellas de la NBA de la época. Pocos pensaban que un joven de 20 años podría robarles el protagonismo. Con la serie empatada a dos, el quinto partido sería decisivo. Como en los cuatro encuentros anteriores, Abdul-Jabbar y el Dr. J tiraban de sus equipos. El pobre Darryl Dawkins, pívot de los Sixers encargado de cubrir a Kareem, admitió años más tarde haber tenido pesadillas con el ‘sky hook’. Hasta que en una de esas el número 33 de los Lakers se torció el tobillo. Sin su referente, su arma letal, los Lakers se desanimaron por momentos. Entonces ‘Magic’ asumió el rol de líder y lideró a su equipo hasta el retorno de Abdul-Jabbar, con ese contagioso entusiasmo tan propio de él. Con su estrella tocada pero de vuelta, los Lakers se llevaron el partido y viajaron a Philadelphia con 3-2 de ventaja en la serie. Pero sin Kareem.

Continuará…

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