El día en el que España descubrió el esquí

paquito

Hubo un tiempo en que los éxitos del deporte español no llegaban en cascada, como ahora. Un tiempo en que hablar de deporte equivalía a agachar la cabeza y mirar hacia otro lado, tierra trágame. Un tiempo en que los dichosos guiñoles franceses no nos habrían hecho ni caso: “¿Espagnoles? Sí, los de ahí abajo. ¿Qué pasa?”. Nada que ver con la envidia de hoy en día. No, hubo años oscuros, durante el franquismo, en los que sólo los madridistas podían pasearse por Europa sin temor a avergonzarse. Años que forjaron un sentimiento de inferioridad y una coraza de ironía. Años que criaron unos fantasmas que ni siquiera hoy, tras el aluvión de triunfos, hemos superado totalmente, “ya verás como ahora la cagamos”, “no, si aún la fallará” y todo eso.

La escasez de títulos, esa absoluta carencia de victorias hacía que el franquismo se agarrara a cualquier éxito internacional como las sanguijuelas se aferran a sus víctimas, para apoderarse de ellos en su búsqueda de notoriedad allende nuestras fronteras. De ahí la eterna relación entre el régimen y el Real Madrid. El NODO se encargaba de tomar cualquier triunfo como si fuera propio. Victorias esporádicos que llegaban gracias a la capacidad de trabajo y superación de individuos excepcionales eran tomadas como éxitos de todo el país, ensalzando las bondades de la dictadura. Así, genios como Ángel Nieto, 12+1 veces campeón del mundo de motociclismo, Bahamontes u Ocaña tras sus respectivos triunfos en el Tour, Santana u Orantes en tenis o Mariano Haro en atletismo se convirtieron en exponentes del deporte español de cara al extranjero. Quijotes que luchaban en solitario contra molinos en España aún no inventados.

Grandes campeones como Miguel Induráin, ‘PericoDelgado, Contador, SastreFreire, Lejarreta, Olano, Fuente, Heras… deben mucho a los padres del ciclismo nacional. Igualmente, Jorge Martínez, ‘Aspar’, Jorge Lorenzo, Dani Pedrosa, Crivillé, Pons, Tormo… quizá nunca hubiesen existido sin Nieto. En tenis Nadal, Moyá, Ferrer, Ferrero, Bruguera, Corretja, Costa, Berasategui, Arrese, Gisbert, Gimeno… grandes campeones que siempre estarán agradecidos a Santana. En ocasiones, el alumno superó al maestro, pero a los primeros siempre les quedará eso, haber sido pioneros en un país huérfano de héroes. Líderes de una España triste y gris en la que cualquier alegría era acogida con gran celebración y ese extraño orgullo del que no está acostumbrado al triunfo.

El 13 de febrero de 1972 fue uno de esos –escasos- días en los que un joven desconocido, un españolito cualquiera, de repente se proclamaba campeón y era alzado a los altares. Francisco Fernández Ochoa, ‘Paquito’, se proclamó ese día campeón olímpico de eslalon en los Juegos de Invierno de Sapporo. La mayoría de españoles probablemente ni siquiera supiera dónde estaba Sapporo, pero desde ese día la ciudad japonesa, más concretamente las faldas de su Monte Teine, entraron en la historia del deporte patrio con letras de oro.

De hecho, la de ‘Paquito’ era la tercera victoria olímpica conquistada por España tras los triunfos del equipo de hípica en Ámsterdam ’28 y el de pelota vasca –sí, un día fue deporte olímpico- en París 1900. Casi nada. Y la había conseguido en la otra punta del planeta, en un deporte hasta entonces prácticamente desconocido en nuestro país. Para mayor gloria del campeón, tristemente fallecido en 2006 de un cáncer linfático, nunca nadie ha podido igualar su gesta. 40 años después, ‘Paquito’ sigue siendo el único oro olímpico español en unos Juegos de invierno. Sólo su hermana pequeña, Blanca, se le acercó con su bronce en Albertville ’92, cuatro años después de su desgraciada caída en Calgary, cuando ya rozaba el triunfo. ‘JuanitoMuehlegg es otra historia y merece un capítulo aparte.

Fernández Ochoa llegó a Sapporo siendo un joven de 21 años que, aunque no estaba entre los principales favoritos, llegaba en forma tras una gran temporada. Pese a su corta edad, ya había participado en las anteriores Olimpiadas –Grenoble ’68- y fue el encargado de portar la bandera española en la ceremonia de inauguración. Junto a él desfilaron Aurelio García Oliver y ‘ConchitaPuig, una delegación muy humilde que da una idea acerca de lo que era el esquí en España, un deporte totalmente elitista y minoritario, prácticamente subdesarrollado. Desgraciadamente sigue siendo así. Pues bien, con semejante representación, las expectativas eran mínimas. Pero afortunadamente, el destino suele ser caprichoso y la vida, en ocasiones, brinda alegrías inesperadas.

Si existía una remota opción de medalla, era ‘Paquito’. Sin embargo, el joven esquiador madrileño fue descalificado en el eslalon gigante. Quedaba la prueba de eslalon especial, el último día. Había que esperar. Fernández Ochoa salió el segundo en la primera manga. Sin ninguna referencia, ‘Paquito’ saltó a la pista dispuesto a dejárselo todo, con el coraje y las ganas como principal aliado. Fue pasando cada una de las puertas limpiamente, con precisión suiza, como anticipando el siguiente giro justo al salir del anterior. Paró el cronómetro en 55 segundos y 36 centésimas.

Parecía una gran bajada, pero todavía tenían que pasar los favoritos. Así, fueron bajando los franceses Augert y Duvillard, el austriaco Zwilling y los italianos Rolando y Gustavo Thoeni, primos hermanos. El último era el gran dominador de la época y el máximo favorito. Se había impuesto cuatro días antes en el eslalon gigante y dominaba con puño de hierro la Copa del Mundo. Ninguno superó el tiempo del madrileño, pero todavía quedaba la segunda manga. El ínterin, como siempre, todo tensión. Como el túnel de vestuarios previo a una gran final, los minutos antes de un examen o la espera del novio en el altar. Nerviosismo, angustia, presión, el chaval de 21 años lo superó todo. Su hermana Blanca lo explicaba así: “Tenía grandes condiciones físicas, pero de cabeza, de coco, era un crack”.

Los rivales empezaron a bajar las 75 puertas de la segunda vuelta. Todos iban superando sus anteriores registros y las cosas se le complicaban cada vez más a ‘Paquito’. El mejor tiempo global lo tenía Gustavo Thoeni, pero todavía tenía que bajar el español, el chaval que había sorprendido a propios y extraños ganando la primera manga. “La verdad es que había poco que estudiar. Se sabe desde el principio lo que hay que hacer: correr mucho y no equivocarse en las puertas” declaró ‘Paquito’ nada más saberse campeón, todo espontaneidad. Tan sencillo y tan difícil, Fernández Ochoa ejecutó su plan a la perfección: bajó rápido y no se equivocó en ninguna puerta. Desde el principio salió a comerse las 75 puertas que le llevarían de Sapporo al paraíso, sin llamar, sólo tenía que atravesarlas. Con gran ímpetu, invadido por una convicción y una tenacidad que habrían superado cualquier contratiempo, el desconocido españolito paró el crono en 53 segundos y 91 centésimas, la segunda mejor marca de la manga. En el total, un segundo mejor que el italiano Thoeni, todo un mundo en el eslalon.

Fue el primer gran triunfo de ‘Paquito’ y el mayor de toda su carrera. Por la época, ser campeón olímpico equivalía también a proclamarse campeón mundial, doble triunfo para ‘Paquito’. Un par de años después, tras superar una grave lesión que le había impedido competir durante gran parte de la temporada, ganó la medalla de bronce en los campeonatos del mundo de St. Moritz, en Suiza, demostrando que lo suyo eran las grandes citas, “cráneo previlegiado”, como diría el borracho de Luces de Bohemia. Ese año por fin consiguió la ansiada victoria en una prueba de la Copa del Mundo, en Zakopane, Polonia. Fue su último gran triunfo –en España se proclamó campeón un total de 39 veces-. Sapporo le convirtió en un mito que, a diferencia de otros, jamás fue igualado. Año a año el mito se fue agrandando y hoy, 40 años después, aún sigue creciendo la leyenda del madrileño de las nieves.

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