La noche en la que ‘La Cenicienta’ pareció un cuento triste

En el mundo del boxeo existe una historia digna de Disney y el protagonista es James J. Braddock. No hay duda, la historia de ‘Cinderella man’ parece un cuento de hadas y Ron Howard y Russell Crowe se encargaron de inmortalizarla en la gran pantalla con la película de nombre homónimo. Pero si existe un deporte dado a las sorpresas, a romper todas las apuestas, a esas historias increíbles en las que el bueno vence después de sufrir mil y una vicisitudes, esas fantasías donde la tortuga termina ganando a la liebre, ese es el boxeo. Una de esas fábulas se hizo realidad la noche del 10 de febrero de 1990. La noche del fin de una era y el principio de una larga pesadilla.

La cita fue en Tokio. Se enfrentaban Mike Tyson y James ‘Buster’ Douglas por el título mundial de los pesos pesados. Esos eran sus nombres, pero en realidad se enfrentaban ‘Iron Mike, ‘El terror del Garden’, ‘El salvador del boxeo’, ‘Chico Dinamita’, ‘El hombre más malo del planeta’ contra un don nadie, un mindundi, ¿contra quién ha empatado éste para luchar por el título mundial? Lo que en principio tenía que haber sido un paseíllo, un “va, tírale ya que a mí me da la risa”, un par de asaltos, sonrisita a la cámara, ‘Buster’ en la lona, se empezó a torcer desde que sonó la campana del primer asalto.

Vayamos con los antecedentes: Tyson llegó al combate con un récord inmaculado de 37 victorias, 33 por K.O. -17 en el primer asalto-, 0 derrotas y ningún nulo. Todavía más temible que los fríos números era esa terrible aura de invencibilidad que le rodeaba, la idea de que era capaz de aplastar cualquier cosa que se le pusiera por delante, otro púgil, un tanque oruga acorazado o el mismísimo Hércules en persona. Daba igual. Tyson no tendría la habilidad de Ali, pero en pegada nunca hubo nadie como él, tal vez Foreman. En los años 90 con eso le bastaba para ser el mejor. Por su parte, Douglas no había hecho nada memorable en el mundo del boxeo. Llegaba con un récord de 29 victorias por 4 derrotas y 1 nulo. Una mera comparsa, una víctima propiciatoria.

No, esa noche no. ‘Buster’ había perdido a su madre apenas tres semanas antes de la pelea, la persona a la que más unido estaba, tal vez la única. Su madre, que le había convertido en un hombre cuando, de niño, un día llegó llorando a casa porque otros chicos querían pegarle y ella le tiró al suelo, le puso la rodilla en el pecho y le dijo: “Más te vale que no te peguen, porque entonces seremos dos los que te golpeemos”. Así se las gastaban en la familia Douglas. Pese a estar sufriendo una dura depresión, ‘Buster’ se tomó la pelea muy en serio. Quería dedicarle la victoria a su madre. Y con esa convicción salió al ring, la mirada fría, el gesto imperturbable, ajeno al terror que tenía enfrente.

‘Iron’ Mike, por su parte, no pasaba por su mejor momento. Entre que había dejado a su entrenador de siempre, Kevin Rooney, que había cambiado a su manager Bill Clayton por el inefable Don King y que su matrimonio se encabezaba hacia el divorcio a marchas forzadas, la vida de Tyson empezó una cuesta abajo imparable ya en 1988. Sólo tres años después de convertirse en el campeón más joven de la historia de los pesos pesados y tener al mundo a sus pies, hay gente que no sabe digerir el éxito. En 1990 la disciplina del campeón dejaba mucho que desear. Su pegada le había valido hasta entonces pero sus mejores días habían pasado. Su vida era un escándalo continuo y las malas lenguas aseguran haberle visto borracho perdido en compañía de dos prostitutas la noche antes del combate. Así no.

Pese a todo, las apuestan daban favorito a Tyson por 42 a 1, pocas veces se ha pagado tanto. De hecho muchas casas de apuestas no pusieron precios, así de favorito veían al ‘Terror del Garden’. Sin embargo desde el primer asalto se vio que algo no funcionaba. ‘Iron’ Mike salió a por todas, como en él era habitual, pero era incapaz de superar la barrera del jab de Douglas, con una envergadura sensiblemente superior. ‘Buster’ danzaba sobre el cuadrilátero, soltaba sus jabs de derecha, bum-bum, y se agarraba al campeón, que estaba desorientando, ¿esto qué es? Cada vez que Tyson intentaba entrar en el cuerpo a cuerpo –ahí era mortal- Douglas se lo impedía con su jab, o le agarraba, o simplemente se alejaba. Así transcurrió el primer asalto, y el segundo.

El combate no transcurría por los derroteros previstos pero ni el público asistente ni los millones de espectadores de la HBO se lo podían creer, ya le cazará. Así llegó el tercer asalto y por fin hubo intercambio de golpes, terreno para ‘Iron’ Mike y su terrorífica derecha. Parecía que al fin había encontrado la forma de penetrar la defensa del aspirante y lo confirmó con un gancho de izquierda, poderoso, de la nada, que dejó tocado a Buster. Campana.

Tyson salió al cuarto asalto a por todas, como en el primero, y otra vez el jab de derechas de ‘Buster’ para contenerle. Como en el primero. La historia se repitió en el quinto. En el sexto. En el séptimo. Douglas cada vez golpeaba con mayor fuerza, con mayor confianza. En una de esas, uno de los derechazos impactó tan fuerte que la cabeza de Tyson por unas milésimas se quedó mirando el techo del Tokio Dome. La gente empezó a pensar que lo increíble podía suceder, y hasta los japoneses empezaron a levantarse de sus asientos, como queriendo ser partícipes de la magia. A Don King en ese momento ya no le llegaba la camisa al cuerpo, el rostro demudado, el sudor estropeándole el peinado. Así llegó el octavo asalto.

Todo igual, con ‘Buster’ dominando con sus jabs, en plan mandón, su mirada fría como el acero, sus puños tan rápidos y precisos como los de un ninja, al fin y al cabo estaban en Japón. Tyson cada vez más desesperado, lanzando golpes al aire, visiblemente cansado, su ojo izquierdo tan hinchado ya que estaba prácticamente cerrado. Hasta que, a falta de pocos segundos, el campeón, desde las cuerdas, aprovechó un ataque de su rival para meterse en su zona de influencia y soltar un uppercut de derechas infernal, que entró limpio, impoluto, al mentón de Douglas.

El aspirante dio unos pasos para atrás, tambaleándose, para acabar cayendo un par de metros más allá del lugar en el que había recibido el golpe. Ya está, hasta aquí, tenía que llegar el zarpazo, lo ha cogido bien. El árbitro empezó la cuenta mientras ‘Buster’ trataba de levantarse. Octavio Meirán se detuvo en el nueve y acto seguido sonó la campana. Douglas se había salvado. Luego se comprobaría que la cuenta fue un poco más lenta de lo normal, pero en fin, la potestad la tiene el árbitro y nadie más.

Otra vez ‘Iron’ Mike a por todas al principio del noveno. El campeón había olido sangre y no quería dejar escapar a su presa. Y de repente, a mitad asalto, ‘Buster’ conectó su jab, una, dos, tres, cuatro, ¡hasta en cinco ocasiones! en la cara de Tyson que reculó como pudo hasta las cuerdas, claramente groggy. Los japoneses fuera de sí, lo increíble estaba pasando, la tortuga que podía con la liebre, el mindundi con el campeonísimo. Nunca nadie había atizado antes así al ‘Terror del Garden’, golpeándolo de lado a lado del ring, siempre contra las cuerdas. Y la campana que esta vez sonó al auxilio del campeón.

Así, llegó el décimo asalto, el último de ‘Iron’ Mike, que ya nunca más sería tan terrorífico, aunque siguiera siendo igual de malo, o más. Con Tyson ya a la desesperada, consciente de que se le escapaba el cinturón de campeón, ‘Buster’ aprovechó un momento para conectar dos nuevas derechas, esta vez seguidas de un uppercut demoledor, que dejó a Tyson K.O., aunque todavía en pie. Crecido, Douglas conectó otras dos derechas, y a la tercera envió al ‘Chico Dinamita’ a la lona, la que nunca había besado todavía. Meirán inició la cuenta y esta vez no paró. Diez. James Douglas era el nuevo campeón del mundo de los pesos pesados. Había cumplido su misión, su madre estaría feliz, allá donde estuviera. La cara de Don King, un poema.

El narrador de la HBO no daba crédito, se quedó callado ¡ocho segundos! Un mundo en televisión, le faltaban palabras para describir lo que acababan de ver sus ojos. Acababan de ver la mayor sorpresa de la historia del boxeo, casi casi del deporte en general. Algo digno de película. O como dijo el comentarista, ante el silencio de su compañero: “Lo que acaba de hacer ‘Buster’ Douglas hace que ‘La Cenicienta’ parezca una triste historia”. Así fue. Después hizo el ridículo en su defensa del título contra Holyfield -de hecho empezó a hacerlo ya desde el pesaje-. Parecía que James Douglas se había comido a ‘Buster’, de lo gordo que estaba. Pero lo importante es que fue grande el día que tenía que serlo. Y eso no se lo quita nadie.

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