El día en el que Seles olvidó la puñalada

Los grandes campeones destacan por su capacidad para luchar contra la adversidad, para levantarse tras cada caída y volver a la cima, más grandes y fuertes que antes. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Las historias más épicas las protagonizan este tipo de héroes, los que la cagan cuando nadie se lo espera y luego vuelven para triunfar cuando ya nadie les espera, cuando parece que su tiempo ha pasado y lo mejor que pueden hacer es quedarse en casa, añorar tiempos mejores y vivir de las rentas. Los que se rebelan contra ese destino y deciden luchar, olvidando viejos miedos, encerrando antiguos fantasmas. Mónica Seles protagonizó una de esas historias el 27 de enero de 1996, cuando se impuso a Anke Huber en la final del Open de Australia. Era el noveno Grand Slam de su carrera y el primero tras la fatal puñalada.

Seles había nacido para ser un mito. Debutó en el circuito profesional con sólo 14 años, en 1988, una niña en un mundo de señoras –Navratilova, Evert o Pam Schriver– y señoritas –Steffi Graf y Gabriela Sabatini-. En la primavera de 1989, con 15 años, ganó su primer torneo, derrotando a Evert en la final y anunciando el inevitable relevo generacional de cara a la nueva década. Su tenis era distinto al del resto. Jugaba a dos manos tanto de derechas como de revés, un atentado contra la ortodoxia, una amenaza a los manuales. Contra todo pronóstico, esto no le restaba potencia a sus golpes, ni un ápice, aunque sí le permitía alcanzar unos ángulos inverosímiles. De hecho, ni siquiera tenía una gran volea, pero no le hacía falta porque con su juego de fondo casi siempre dominaba los puntos. No tenía que acercarse a la red para acabarlos. Era una jugadora diferente, diseñada para cambiar la historia del tenis, sólo que un tarado maníaco se interpuso en su camino.

En 1990, con 16 años, Seles ganó Roland Garros, la más joven en la historia en hacerlo –superando la marca de Arantxa Sánchez Vicario– y el año siguiente ya era la gran dominadora del circuito, imponiéndose en Australia, otra vez en Francia y en el US Open. En marzo de 1991 se convirtió en la jugadora número 1 más joven de la historia, hasta que Martina Hingis batió su marca en 1997. Al año siguiente revalidó sus triunfos en Melbourne, París y Nueva York, además de disputar la final de Wimbledon ante Steffi Graf. Con 18 años tenía ya siete Grand Slams, una salvajada. Jamás nadie había llegado tan alto en tan poco tiempo. Pero lo mejor era que acompañaba las victorias con una pasión tal por el tenis que ningún aficionado podía dejar de admirarla. Seles se divertía jugando y contagiaba esa alegría al aficionado, conquistándolo para siempre. Disfrutaba golpeando cada bola, casi siempre desde dentro de la pista, concentrada, convirtiendo el resto en un arma de destrucción masiva, quizá la primera en hacerlo. La niña tenía el mundo a sus pies.

Así llegó 1993, el año maldito. En enero volvió a imponerse en Australia, tercer año consecutivo. Nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir, porque nadie es tan retorcido como para imaginarlo. Menos tratándose de una joven a la que el público adoraba. Cierto es que de repente Seles dominaba el circuito con mano –muñeca- de hierro. Desde enero de 1991 a febrero de 1993 jugó 33 finales de 34 torneos disputados, ganando 22 de ellos, siete de los ocho últimos grandes. El equivalente en partidos es aún más demoledor: 159 victorias por 12 derrotas, 55-1 en Grand Slams. Sencillamente increíble, más si se tiene en cuenta que competía con las dos más grandes de la historia, Navratilova y Graf.

Pero es imposible gustar a todo el mundo. Jordan, Pelé, Sampras, Senna, Nicklaus, Ali… Todos fueron criticados alguna vez, antes o después, nunca llueve a gusto de todos. Monica tuvo la mala suerte de que a ella le tocó cruzarse con el desquiciado de turno. Ocurrió el 30 de abril del 93, en Hamburgo. Seles dominaba su partido de cuartos contra Maleeva 6-4, 4-3. En el descanso, tapada con una toalla mientras trataba de no enfriarse golpeando los pies contra el suelo, un loco cambió su carrera y su vida. Gunter Parche, un perturbado alemán fan de Graf que quería volver a ver a su ídolo como número 1, la apuñaló en la espalda con una pequeña navaja, hiriéndola justo debajo del omoplato izquierdo. Dos centímetros más a la derecha y podría haber afectado a la columna. Pillada por sorpresa, Seles trató de tocarse la zona afectada, de avanzar hacia la red, pero se desplomó al poco de llegar los médicos.

La herida no revestía demasiada gravedad, pero a la joven Monica le habían robado la inocencia. Después de esto, ya nada volvió a ser igual. Aquella niña alegre que encandiló al mundo con su tenis apasionado pasó los siguientes meses encerrada en su casa de Sarasota, Florida. Lamiendo sus propias heridas, luchando contra unos fantasmas que le eran desconocidos y que nunca debieron aparecer por allí, maldito lunático. Los residuos psicológicos durarían para siempre. A eso se le unió la enfermedad de su padre, al que se le diagnosticó cáncer de estómago. Mientras se curaba de una puñalada en la espalda, otra más profunda le atravesaba el corazón. Su padre, su entrenador, su principal mentor. El que le había inculcado su amor por el tenis cuando, dándole clases a los cinco años, garabateaba dibujos en las bolas que Seles tenía que golpear, haciendo de los entrenamientos un divertimento, asegurándose que su hija disfrutara con el tenis, la mejor forma de evitar que acabara odiándolo.

Pero ni siquiera estos dos duros reveses iban a poder con la joven Monica, amaba demasiado el juego. 28 meses después de su último partido, Seles regresó a la competición en agosto de 1995, en el Abierto de Canadá. Lo hacía ya como jugadora estadounidense, no yugoslava. Como no podía ser de otra manera, ganó el torneo con un contundente 6-0, 6-1 a Amanda Coetzer en la final. Parecía que tras su regreso todo volvería a ser como antes. El mes siguiente alcanzaba la final del US Open, que perdería en tres sets frente a Graf. Sus heridas parecían haber cicatrizado del todo.

El año siguiente no pudo empezar mejor: El 27 de enero se impuso a Anke Huber –otra alemana- en la final de Australia, en el que sería su noveno y último título de Grand Slam, con apenas 22 años. Nadie lo habría dicho en ese momento. Pero no se puede retroceder en el tiempo y hacer como si nada hubiera pasado era demasiado incluso para ella. Las victorias ya no eran tan apabullantes, su superioridad tan manifiesta. Algo había hecho clic en su cabeza y no había remedio. Pese a todo, Seles fue capaz de permanecer en el Top 10 hasta 2002. En su vuelta al circuito ganó un total de 21 torneos, lideró a Estados Unidos hacia la victoria en 3 Copas Federación y ganó un bronce olímpico en Sydney 2000. Incluso jugó un par de finales más de Grand Slam, contra Graf en el Abierto de EE.UU de 1996 y contra Arantxa en el Roland Garros de 1998. Esta derrota fue muy especial, puesto que su padre había muerto apenas tres semanas antes. La española, vencedora, tuvo que pedir perdón por la victoria viendo el apoyo unánime que la grada dio a Seles.

Casi diez años después de su retirada oficiosa en 2003 y casi 20 después de que un desequilibrado truncase una carrera ya de por sí brillante, el mundo aún se pregunta qué habría sido del tenis femenino sin esa detestable puñalada trasera a Seles. Quizá más gente jugaría derecha y revés a dos manos, siguiendo su ejemplo y el del gran Fabrice Santoro. Quizá se hubieran reescrito los manuales del tenis para obedecer a un nuevo juego, mejorado: El tenis 2.0 de Mónica Seles o el deporte que nunca fue.

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