El día en el que Kobe se disfrazó de Michael Jordan

Cuando Dios se disfrazó de jugador de baloncesto lo hizo con la camiseta de los Bulls y el 23 a la espalda. Era el segundo partido de la primera ronda de Playoffs que enfrentaba a los Celtics contra Chicago. Boston se llevó el encuentro tras dos prórrogas y acabó conquistando el anillo, con Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Bill Walton y Danny Ainge a la cabeza. Pero en ese partido el protagonista no vestía de blanco y verde. Ese día Michael Jordan volvió locos a los campeones, los mareó, jugó con ellos, las metió de todos los colores. Ese día anunció un cambio de era que tardaría unos años en llegar, pero cuya llegada parecía irrevocable, no se puede engañar al destino. “Creo que era Dios disfrazado de jugador de baloncesto”, así definió el gran Larry Bird la actuación de Jordan en el Boston Garden. El 23 de los Bulls se fue hasta los 63 puntos, récord de los Playoffs de la NBA, superando los 61 puntos que había anotado Elgin Baylor en 1962.

Aquel día Kobe Bryant era un niño de siete años que vivía en Italia, donde su padre JoeJellybeanBryant apuraba sus últimos años de baloncesto tras haber jugado en los Sixers, los Clippers y los Rockets. El pequeño Kobe empezó a jugar con apenas tres años y en verano volvía a Estados Unidos para jugar en las ligas estivales. Su abuelo le mandaba vídeos a Italia de grandes partidos de la historia de la NBA, por lo que no tardaría en ver a Jordan en acción. Aunque el pequeño Bryant no veía los vídeos, los estudiaba. Cada jugador, cada movimiento. Era una mezcla de talento natural y ganas de triunfar que no podían desembocar en otra cosa que el éxito más rotundo. El que tuvo en el instituto, donde en su último año llevaría a los Aces de Lower Merion a su primer título estatal en 53 años tras promediar 30 puntos, 12 rebotes y más de 6 asistencias. Fue elegido mejor jugador de instituto del año y los scouters de la NBA lo seguían a todas partes.

Ese chico tenía algo especial, tal vez pudiera ser el nuevo Michael Jordan. En 1996, omitiendo el tradicional paso por la Universidad, Kobe se presentó al Draft. En los 20 años anteriores, sólo Kevin Garnett había dado el salto del instituto a la NBA, justamente hacía una temporada. A Kobe lo eligieron los Hornets en el puesto 13, el primer escolta en la historia que llegaba a la liga directamente desde el instituto. Sin embargo, el conjunto de Charlotte había llegado a un acuerdo para ceder su elección del Draft a los Lakers, que a cambio les traspasaba a su pívot titular, Vlade Divac. Bryant fichaba así por su equipo de toda la vida, dispuesto a devolver a los Lakers a la cima de la liga.

En su primera temporada no pasó de ser el suplente de Nick Van Exel y Eddie Jones. Se convirtió en el jugador más joven en debutar y además ganó el concurso de mates durante el All Stars, con sólo 18 años, el más joven también en ganarlo. Sí, puede que al final este chico tuviera algo especial. La temporada siguiente ya anotó 15 puntos por partido y, gracias a los votos del público, fue el jugador más joven en debutar como titular en un All Star. Kobe acumulaba récords de precocidad con la misma ansia con la que devoraba los vídeos que su abuelo le enviaba a Italia.

En su cuarta temporada, convertido ya en una de las grandes estrellas de la liga, Kobe ganó su primer anillo, formando una pareja imparable junto al pívot más dominador de la época, Shaquille O’Neal, y entrenado por Phil Jackson, Maestro Zen que venía de ganar seis anillos con Jordan y Pippen en los Bulls. Fue el primero de tres anillos consecutivos, que terminaron en una tremenda lucha de egos entre los tres y con el pívot y el entrenador fuera de la franquicia angelina. Se avecinaban tiempos duros para los Lakers. Tiempos en  los que Bryant sería la única luz en un bloque muy gris, opaco, cemento armado. El talento lo ponía el número 8, pero ni con eso valía. Aquí empezó a ganarse la fama de chupón empedernido, bien ganada. “Durante mi tratamiento el médico me dijo que a la piedra que tenía en el riñón le habían puesto el nombre de Kobe Bryant porque no había forma de que pasara” bromeaba Phil Jackson al respecto.

En la temporada 2005-2006 Kobe Bryant se superó. Limadas las asperezas entre ambos, Phil Jackson volvió a entrenar a los Lakers. El 20 de diciembre de 2005 anotó 62 puntos frente a los Mavericks. ¡En tres cuartos! Sólo Kobe ganaba 62-61 al conjunto de Dallas al comienzo del último cuarto. El partido estaba ganado y la estrella ya no volvió a la cancha. Pero el escolta no se dio por satisfecho. El 23 de enero de 2006, Bryant pasó a los anales de la NBA, si no lo había hecho todavía. Sus 81 puntos frente a Toronto Raptors fueron quizá la exhibición ofensiva más portentosa que un jugador de baloncesto haya hecho jamás.

Si el 20 de abril de 1986 Dios se disfrazó de jugador de baloncesto, el 23 de enero de 2006 Bryant se disfrazó de Michael Jordan. Kobe volvió locos a los Raptors, los mareó, jugó con ellos, las metió de todos los colores. Mates, bandejas, suspensiones, triples. Atravesando la defensa por el centro, por la derecha y por la izquierda, saltando por encima de rivales, defendido por uno, por dos, hasta por tres. Nunca se había visto una cosa igual. Los porcentajes fueron casi tan espectaculares como el partido. 28 de 46 en tiros de campo –incluyendo 7 de 13 en triples- y 18 de 20 en tiros libres. Ver para creer. Jalen Rose, uno de los rivales a los que machacó esa tarde, no pudo evitar tomárselo a guasa: “Me imagino que añadiremos sus datos a nuestro scouting para que no nos vuelva a pasar”. Un compañero de Kobe parafraseó al gran Stacey King, que, tras el partido en el que Jordan metió 69 puntos a los Cavaliers, afirmó, todo serio: “Siempre recordaré esa noche en la que Mike y yo nos compenetramos para meter 70 puntos entre ambos”. Un cachondo mental, similar al ‘NegroEnrique cuando el gol de Maradona a Inglaterra.

A día de hoy sigue siendo la segunda máxima anotación de la NBA, por detrás de los famosos 100 puntos de Chamberlain a los Knicks en 1962. Michael Jordan se quedó en 69. Parecía que el alumno había superado al maestro. Quizá por eso a partir de la temporada siguiente Kobe se cambió el dorsal de su camiseta. Del 8 pasó al 24. Como si hubiese ido un paso más allá que Jordan, como si se considerase un peldañito por encima. Sacrilegio. Al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios. Y en baloncesto Dios lucía el 23.

PD. Muchos aficionados estadounidenses se quedaron sin ver la exhibición de Kobe porque a la misma hora los Suns y los Sonics dirimían un espectacular duelo en el que se acabaría imponiendo Seattle tras dos prórrogas, 152-149, en el primer partido de más de 300 puntos desde 1995. Batieron el récord de triples, 32. Esa noche algo se cocía en la NBA, no cabe duda.

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Comments
2 Responses to “El día en el que Kobe se disfrazó de Michael Jordan”
  1. Kike dice:

    Estoy ahora mismo buscando los partidos por internet de Jordan y Kobe porque no los he visto y ahora me pica la curiosidad!!Eres mu grande Jorge!!Kike.

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