La maldita curva de Walter

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Las curvas con nombre propio deberían ceñirse a los circuitos de competición. Eau Rouge en Spa, el Sacacorchos en Laguna Seca, la Parabólica en Monza, Becketts en Silverstone. Cuando se dan fuera, en el mundo real, en carreteras más o menos transitadas, más o menos secundarias, suele ser sinónimo de fatalidad. Curvas que sesgan vidas. Curvas que terminan con los sueños y anhelos desconocidos de demasiada gente. En uno de esos giros anónimos murió un brasileño llamado a cambiar la historia del Valencia C.F. Desde ese día, la dichosa curva de la Carretera de El Saler, a la altura del El Palmar, se conoce como ‘la curva de Walter’.

Tras una década de los 40 muy exitosa, con tres títulos de Liga y dos Copas del Generalísimo, el Valencia encaró los años 50 con ganas de seguir en la misma línea. Con esa intención se amplió el estadio de Mestalla para que pudiera dar cobijo a 45.000 aficionados. Un campo que estuviera a la altura de un gran club y una gran ciudad. Las obras costaron 100 millones de las antiguas pesetas, una salvajada para la época. Se dijo que las actuaciones del gran ‘FaasWilkes pagaron la nueva grada, pero lo cierto es que la inversión hizo que la calidad del equipo se resintiera, con incorporaciones de jugadores de dudosas aptitudes. Mestalla quedó como un gran campo para un club que deambulaba por la zona media de la tabla. Paradojas del destino, medio siglo después la otra gran edad de oro del Valencia también se vio truncada por el faraónico proyecto de un megalómano incompetente, pero esa es otra historia. Harto de tanta mediocridad, en el verano de 1957 el presidente Luis Casanova le pidió a su mano derecha, Eduardo Cubells, que viajara a Brasil y volviera con el jugador que más le hubiera impresionado.

Es entonces cuando la historia del Valencia pudo dar un giro de 180 grados. Durante su estancia, el director técnico quedó prendado de un joven de apenas 17 años que jugaba en el Santos. Un tal Edson Arantes do Nascimento. ¡Pelé! A Cubells le impresionó su velocidad, su pegada, su toque, su visión de juego… Pelé lo tenía todo. Pero le daba miedo que por su edad un cambio tan brusco, de ciudad, de vida, arruinara una carrera tan prometedora. En su lugar, fichó a Walter. “Me he venido enamorado de otro jugador, una maravilla, Pelé, de diecisiete años. Me lo hubiera podido traer a Valencia por cuatro perras gordas. Pero si en vez de aparecer con Walter, me presento con Pelé, una promesa de diecisiete años, parte de la afición nos hubiera arrojado al mar a Pelé y a mí para que regresáramos nadando a Brasil”. Un visionario, sí señor. Meses más tarde Brasil se proclamó Campeona del Mundo en Suecia y Pelé maravilló a todo el planeta. Después ficharlo ya fue imposible, siendo como era ya un patrimonio intocable de su país.

En su lugar llegó Walter, de 25 años, un jugador bajito, poquita cosa, que jugaba en el Vasco de Gama. Aterrizó en Valencia el 9 de octubre de 1957, día de la Comunidad, en una extraña señal del destino. Se trataba de un centrocampista ofensivo técnicamente sublime, muy inteligente, con unas condiciones excelentes para conducir el juego del equipo. Sin embargo, en Valencia esperaban un delantero centro goleador. De modo que, tras maravillar a la afición y marear a cuanto alemán salía a su paso en un amistoso contra el Berlín, Walter no volvió a jugar de organizador. En su primera temporada metió 13 goles en Liga, pero su alegre forma de vida y su poca inclinación por los entrenamientos acabó afectando a su juego, muy irregular. En la línea del brasileño, el equipo estuvo lejos de cumplir con las expectativas en una época dominada por el Madrid de Di Stéfano y el Barça de Kubala.

Walter fue el primer brasileño en la historia del Valencia, al que seguirían poco después el Campeón del Mundo Joel Martins –su mejor contribución en el Mundial fue ceder su puesto en el equipo titular al genial Garrincha tras los dos primero partidos-, Chicao o Waldo, que sería el sustituto de Walter tras su trágico accidente. En su tercera temporada, cargada de lesiones, sucedió el fatal accidente. El 21 de junio de 1961, su compañero Luis Coll celebraba su santo, y decidió invitar a algunos jugadores a una paella. Asistieron Sócrates, Ribelles, Ginesta, Piquer, Sendra, Fuertes y Mestre. Y Walter. Todos comieron y bebieron, menos Walter, que no probó el alcohol, los senderos del señor son inescrutables. Camino de la Albufera, a Walter lo acompañaban Coll y Sócrates. A la altura del El Palmar, Walter esquivó un coche que le venía de frente, pero no pudo evitar la colisión con un camión. Un camión de reparto de bebidas que hacía ese mismo camino una vez al día, condenada coincidencia. El brasileño murió en el acto, mientras sus compañeros salían ilesos. La maldita curva de Walter acababa de recibir su bautismo mortal, para desgracia del valencianismo.

Miles de aficionados acuden al entierro. Conmocionado por el trágico suceso, el Valencia organizó pocos días después de su muerte un partido homenaje contra Fluminense. Los beneficios serían para la familia de Walter, que para mayor desgracia acababa de tener su tercer hijo. El destino quiso que en ese partido Luis Casanova descubriera a Waldo, que marcó dos goles en la victoria por 3-2 del club brasileño. El Valencia lo fichó, un delantero goleador, potente y con un gran disparo, que triunfó en el club, llegando a proclamarse Pichichi en la temporada 66-67. Sin querer, Waldo serviría para que Valencia nunca se olvidara de Walter. Waldo y la maldita curva, que por fin hace unos años fue remodelada.

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