El día en el que cayó el último bastión del hombre blanco

La década de los 50 marcó un antes y un después en la historia del deporte norteamericano. La tierra de la libertad y de las oportunidades, el país al que cualquiera podía llegar con una mano delante y otra detrás y hacer fortuna si se esforzaba lo suficiente, el ‘sueño americano’ y todo eso, era en realidad a mediados del siglo XX una nación dividida por el odio, dominada por una mayoría blanca que se negaba a ceder parte de sus privilegios, empeñada en pisotear a la minoría negra. Segregada, humillada y explotada, la comunidad afroamericana luchaba por obtener unos derechos que en cualquier democracia se daban por supuestos. Poco a poco y tras años de feroz lucha a los negros se les permitió sacar la cabeza en una sociedad todavía extremadamente racista. Así fueron llegando los primeros deportistas afroamericanos, un goteo lento pero incesante que enriquecería las grandes ligas, pese a las reticencias de una población tan conservadora.

El primer deporte en ‘sucumbir’ fue el boxeo, en el que Jack Johnson y más tarde Joe Louis noqueaban a cualquier rival –blanco- que le pusieran delante, iniciando una tradición de grandes campeones negros. Althea Gibson y Bob Ryland en tenis, Charles Sifford en golf, Jackie Robinson en baseball. Incluso la NFL vio al primer quarterback negro, Willie Thrower, de los Chicago Bears, aunque sólo fuera por un partido. En 1950 debutaron los primeros afroamericanos en la NBA, Chuck Cooper, Earl Lloyd y Nat ‘Sweetwater’ Clifton. El baloncesto profesional cambiaría para siempre. Pero existía un deporte en el que la soberanía blanca seguía siendo completa. Inaccesible al aperturismo, la liga profesional de hockey sobre hielo –NHL- se convirtió en el último bastión de la hegemonía blanca, el último reducto al que no tenía acceso el hombre negro.

Hasta el 18 de enero de 1958. El día en el que debutó Willie O’Ree con los Boston Bruins en Montreal. No tuvo una gran participación en la liga. De hecho, esa temporada sólo jugó otro partido más antes de volver a su equipo de la liga menor, los Quebec Aces. Sin embargo, la importancia de un pionero no se mide por su éxito sino por su legado, por romper barreras y abrir camino a futuras generaciones. Fernando Martín no triunfó en la NBA, ni Francisco Godia en la Fórmula 1. Pero a día de hoy Gasol tiene dos anillos de campeón y es All-Star y Alonso corre para Ferrari y ha sido dos veces campeón del mundo. Además están Ricky, Calderón, Marc, Rudy… Todos tienen mucho que agradecer a estos pioneros. Aunque el hockey hielo continua siendo un deporte predominantemente blanco, y O’Ree no tuvo un sucesor hasta 25 años después, su importancia sigue siendo vital.

Willie O’Ree, considerado el Jackie Robinson del hockey, tuvo la fortuna de nacer en Canadá, donde la antipatía hacia el hombre negro era mucho menos acusada que en su vecino del sur. De ese modo, no tuvo que aguantar lo que sufrió el jugador de los Dodgers, al que insultaban desde la grada rival, le amenazaban e incluso los contrarios se planteaban la posibilidad de no jugar contra su equipo. En su propio conjunto tenía compañeros que desafiaban al presidente porque no querían compartir vestuario con un afroamericano. O’Ree no vivió nada similar hasta la temporada 60-61, en su segunda oportunidad en la NHL.

En su Frederickton natal, en New Brunswick, al norte de Maine, todos los vecinos del pequeño Willie eran blancos, a excepción de otra familia afroamericana de su bloque. El deporte por antonomasia era el hockey, por simples cuestiones climatológicas. En New Brunswick, en invierno hay hielo por todos lados. O’Ree mostró gran talento desde muy joven, y el hockey se convirtió en su pasión. De hecho, también jugaba al baseball. Incluso los Milwaukee Braves le llegaron a ofrecer una plaza para su equipo de la liga menor, pero a Willie sólo le interesaban los patines y el hielo. Ese mismo año, jugando con los Canucks en la liga menor canadiense, durante un partido el disco le golpeó en el ojo derecho. La joven promesa perdió el 95% de la vista de un ojo. Mucha gente en su situación habría pedido la pensión por invalidez, pero a él eso no le frenó. Quería convertirse en profesional y nada se lo impediría. Ciego del ojo derecho, O´Ree se cambió a la banda derecha para tener más ángulo de visión. Cómo su futuro equipo de la NHL no se enteró de su minusvalía aún no se explica.

Pese a su lesión ocular, el ahora extremo derecho seguía siendo muy rápido. La aceleración era su principal virtud. Le bastaban cinco zancadas para alcanzar la velocidad crucero. El entrenador de los Boston Bruins, Milt Schmidt, valoraba esta capacidad, por lo que en la campaña 60-61 por fin contó con él. O´Ree respondió a su confianza con cuatro goles y diez asistencias, unos número más bien discretos. Su momento cumbre, el gol que dio la victoria a su equipo frente a los Canadiens y que le valió una atronadora ovación de la grada, el público puesto en pie casi dos minutos. Hubo mucho otros momentos de sufrimiento. Willie pronto se dio cuenta de que a la mayoría de jugadores de la liga les molestaba su presencia, consideraban que aquél no era su lugar, que no pertenecía a ese mundo hasta entonces enteramente suyo, completamente blanco. Continuamente se metían con él e intentaban provocarle, aunque O’Ree siempre se mostraba muy calmado, consciente de su situación. Una tarde, jugando en Chicago, Eric Nesterenko le agredió de tal manera que le saltó dos dientes y le rompió la nariz. Willie no vio venir a su rival porque venía de su lado ciego, pero sigue convencido de que la agresión fue premeditada. Había momentos en que se notaba el ansia segregacionista de algunos jugadores.

Terminada la temporada, Schmidt y el general manager, Lynn Patrick, le instaron a que descansara durante las vacaciones porque la temporada siguiente querían contar con él. O’Ree ya soñaba con consagrarse en la NHL cuando recibió la llamada de un reportero que quería saber su opinión sobre su traspaso. Los Bruins lo habían vendido a los Canadiens y ni siquiera se habían dignado a comunicárselo. Otra vez el tufillo racista. La cara del pobre Willie al enterarse fue todo un poema. Montreal tenía un equipazo y él no tendría sitio. Hasta el final de su carrera tuvo que conformarse con ser una de las estrellas de las ligas menores, aunque la historia siempre le guardará un hueco entre las leyendas de la NHL.

Como leyenda que es, la NHL utiliza su mística, su aura de héroe, para inspirar a nuevas generaciones de las comunidades minoritarias a practicar el hockey. Gracias a su trabajo, estrellas negras como Jarome Iginla, capitán de los Calgary Flames, están donde están. 53 años después de romper la barrera, con zapatos en lugar de patines, Willie O’Ree sigue luchando por cambiar las reglas del juego y hacer del hockey un deporte más interracial, más humano.

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