El día en el que el gusano metió la pata

Ser el chico malo tiene su aquél. A las chicas les pone y a los jóvenes les fascina. Hollywood siempre ha dejado claro que ser malo vende. Robert Mitchum, Johnny Depp, River Phoenix, James Dean, Errol Flynn, Mel Gibson, Sean Penn o Charlie Sheen. La lista es interminable. Ricos, guapos y malotes. Lo mismo son noticia por sus papeles cinematográficos que por escándalos sexuales o abusos con las drogas. El deporte también se nutre de este tipo de personajes, sólo hay que ver algún vídeo de Vinnie Jones –ahora se ha pasado a la gran pantalla, con bastante éxito-. O algún partido del Granada de principios de los ’70, con Montero Castillo y Aguirre Suárez como adalides del juego sucio. O ver cómo se las gasta SuperMario Balotelli, el nuevo enfant terrible de la Premier. En tenis, John McEnroe. Y en baloncesto, no cabe duda: Dennis Rodman. ‘El Gusano’ hizo del escándalo una forma de vida, del exceso un paradigma. Además, jugó a baloncesto y ha sido uno de los mejores ala-pívots de la historia, por lo menos en defensa.

Cómo se las arregló un tipo de 1,98 para ser siete temporadas consecutivas el máximo reboteador de la mejor liga del mundo es algo que todavía intriga a los expertos. “La única cosa que hago que los demás no, es saltar tres o cuatro veces a por un rebote”. Así explicaba Rodman su particular milagro. Y la verdad es que esta frase resume muy bien su idea del baloncesto. Esfuerzo, trabajo, tesón, ganas. En definitiva, huevos. Jamás se vio –ni se ha vuelto a ver- a nadie saltar tantas veces al público en busca de balones imposibles –acababa salvando más de uno- o celebrar tanto una canasta, un rebote o un tapón –incluso mientras corría acompañando un contragolpe-. Pero pasan los años y lo que queda en el imaginario colectivo no es esto. Son los tatuajes, el pelo teñido de las formas más bizarras imaginables, los piercings, los escándalos. Frases incendiarias del tipo “El 50% de la vida en la NBA es sexo, el otro 50 dinero” quizá resuman mejor la historia de Rodman. Pero Dennis no fue otro juguete roto del deporte, otra víctima de la fama y el dinero. No se rodeó de malas compañías que le llevaron por el camino equivocado. Rodman se bastó sólo. Es más, lo eligió, él lo decidió, y sigue encantado a día de hoy. Visto el éxito, no le culpo.

El 17 de enero de 1997 la NBA suspendió al ya jugador de los Bulls indefinidamente tras su enésimo altercado. Esta vez fue en un partido contra los Timberwolves. Luchando por un rebote con Kevin Garnett acabó tropezando con un cámara. Molesto con el mundo y con Eugene Amos, el operador en cuestión, por cumplir con su trabajo, le soltó una patada en la ingle. La bromita le costaría 11 partidos sin sueldo –traducido: un millón de dólares- además de 200.000 más que tuvo que abonarle al cámara. No fue la primera tontería de Rodman, ni sería la última. Para explicar su historia hay que remontarse a 1965 cuando, con tan sólo cuatro años, su padre se fue de casa. Esto, junto al hecho de que su madre cuidara más a sus dos hijas que a él, le dejó marcado. Con siete años ya se buscaba la vida como podía por Oak Cliff, uno de los barrios más marginales de Dallas. Un niño solitario y reservado al que de mayor le quedarían demasiadas cuentas pendientes. Un joven que, según reconoció años más tarde en una entrevista, sentía tal pánico por las mujeres que llegó a sospechar que era homosexual. Perder la virginidad a los 20 con una prostituta no es lo que soñaría cualquier adolescente. Más cuentas pendientes.

En el instituto intenta jugar a baloncesto, pero no llega a metro setenta y sus aptitudes –limitadas- no compensan su físico. De repente crece 27 centímetros y vuelve a probar suerte con el baloncesto, que esta vez le sonríe. En su juego, alejado de la técnica y de la elegancia, sin los fundamentos más básicos de todo buen jugador, ya se vislumbra lo que luego se verá. Garra, agresividad y un punto de locura que a veces en vez de punto es un puntazo. En 1986 se presenta al draft y lo eligen los Pistons de Detroit. Otro guiño de la fortuna, que quiso hacerle caer en el equipo más físico y más duro de la liga. Un equipo liderado por Isiah Thomas, Joe Dumars y Bill Laimbeer, que ya se había ganado el apelativo de los ‘Bad Boys’. Más madera para su entrenador Chuck Daly. Saliendo desde el banquillo en su primer año promedia 6,5 puntos y 4,7 rebotes por partido. Nada demasiado brillante, pero se nota que encaja a la perfección en el modelo de Daly, la última pieza de un puzle bien ensamblado. De hecho, los bad boys ganarían la NBA en el 89 y en el 90, los dos primeros anillos de Rodman. En el primero, saliendo desde el banquillo, y en el segundo siendo ya una pieza importante, designado mejor jugador defensivo de la liga.

En la temporada 91, asentado como titular, volvió a llevarse el premio de mejor jugador defensivo. Rodman jugaba con tal intensidad que lo mismo podía defender a un base que a un pívot. Sus promedios mejoran: 8,2 puntos y 12,5 rebotes. Es al año siguiente cuando Dennis da el salto cualitativo que le convierte en un jugador único. Coge 1.530 rebotes –más que nadie desde Chamberlain-, promediando más de 18 por encuentro y juega por primera vez el All-Star. Es el primero de siete años consecutivos como máximo reboteador, algo insólito en un ala-pívot y más si no llega a los dos metros. Pero este año 1992 no trae sólo buenas noticias para el gusano. Su entrenador, Chuck Daly, un padre para él –que siempre había adolecido de esa figura paterna- deja el equipo en mayo. En septiembre se casa con su novia y madre de su hija de cuatro años, pero el matrimonio fracasa y en diciembre ya están divorciados. Todo eso le supera y en una noche de febrero de 1993 lo encuentran dormido en su coche con un rifle cargado. Estaba pensando en suicidarse, pero no lo hizo. En su lugar, decidió hacer borrón y cuenta nueva.

En su biografía ‘As bad as I wanna be’ Rodman describe esa noche como una especie de epifanía. Un delirio que le cambió para siempre. En lugar de matarse físicamente, Dennis decidió acabar con el chico tímido, empezar de cero. A partir de ese día viviría sin pensar en los demás, haría lo que le apeteciera en cada momento. Su cuerpo se empezó a llenar de tatuajes y de piercings, su pelo se tiñó de todo tipo de colores estrambóticos. Su vida fuera de las canchas se volvió más díscola, sus escándalos más habituales. También se empezó a rodear de chicas, desde Madonna hasta Carmen Electra. Por fin el pobre chico de Oak Cliff empezaba a saldar sus viejas cuentas pendientes.

Pero lo bueno de Rodman es que todas estas distracciones no afectaban a su nivel de juego. Seguía siendo el mejor reboteador de la liga y uno de los mejores defensores. En 1995 volvió a ser convocado para el All-Star y entre ese año y 1998 consiguió otros tres anillos de campeón con los mágicos Bulls de Jordan y Pippen. En 2011 por fin entró en el Salón de la Fama de la NBA y los Pistons colgaron del techo de Auburn Hills su camiseta con el número 10. Así se le reconocía su importancia a un jugador único en su especie. Un ala-pívot capaz de defender a cualquiera, bajo o alto, rápido o pesado. Un 1,98 que se convirtió en uno de los mejores reboteadores de la historia de la NBA, junto a Chamberlain, Russell y Moses Malone –todos de una NBA de otro tiempo-. Un ejemplo de trabajo y esfuerzo dentro de la cancha que era un perfecto bala perdida fuera de ella. Un jugador sin ninguna gran cualidad que está entre los 50 mejores de la historia. Un tipo capaz de irse antes del cuarto partido de la final de la NBA de 1998 contra los Jazz a hacer de pareja de Hulk Hogan en un espectáculo de lucha libre para volver y secar otra vez a Karl Malone, quizá el mejor 4 de la historia. Un chico tímido que un día decidió copar todas las portadas, vivir al límite, pasar por la vida cual elefante por cacharrería. Un gusano que nunca se cansa de meter la pata. Que siga.

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