El día en el que la mafia cedió ante la magia de ‘Sugar’ Ray

Mirado con la perspectiva del tiempo y desde un presente gris oscuro casi negro, el boxeo es uno de esos deportes en los que, definitivamente, cualquier tiempo pasado fue mejor. Las gestas de los viejos boxeadores llegan a nuestros días rodeadas de un aura y una mística especial que –órdago a la grande- jamás tendrán los púgiles de nuestro tiempo, llámense Klitschko o Mayweather, Paquiao o De la Hoya. Probablemente fruto de su eterna relación con la Mafia, el boxeo es el único deporte en el que uno puede ser elegido ‘Luchador del año’ sin siquiera haber podido pelear una sola vez por el título mundial. Esto es lo que le pasó a ‘Sugar’ Ray Robinson, para la mayoría de aficionados a este deporte el mejor boxeador de la historia, en 1.942. Cuando cuatro años después le llegó su oportunidad, no la desaprovechó.

A los 12 años Walker Smith Jr. era un niño humilde que vivía en Harlem y soñaba con convertirse en doctor algún día. Poco le duró el sueño, puesto que apenas un par de años después abandonó el colegio para probar suerte en el boxeo. En ese momento empezó a cambiar la historia de este deporte. Como la edad mínima para combatir eran los 16, Walker tuvo que pedir prestada una licencia. La licencia de otro boxeador llamado Ray Robinson. El pequeño Smith ganó su primer combate, y luego volvió a ganar, y otra vez, y otra. Competía contra rivales mayores que él, pero les vencía igualmente, a veces con una superioridad que rayaba en lo grotesco.

Su talento pronto llamó la atención de público, prensa y managers. Cuando George Gainford –el que luego sería su entrenador- le vio boxear por primera vez, se enamoró. Fue él quien acuñó el apodo de ‘Sugar’ Ray, por su elegante estilo, ‘dulce como el azúcar’, un término que la prensa acogió gustosa y que perduraría toda su vida. Robinson bailaba sobre el cuadrilátero como jamás nadie lo había hecho hasta entonces, un verdadero virtuoso del juego de piernas. Utilizaba los dos brazos con la misma facilidad y manejaba todo tipo de golpes, directos, jabs, crochés, ganchos. Siendo ya campeón del mundo, sus sesiones de entrenamiento se convertían a menudo en un show en el que mostraba su destreza saltando la comba. Para Muhammad Ali siempre fue el mejor: “Era el rey, el maestro, mi ídolo. Yo aprendí a moverme viéndole pelear”.

A los 19 años Sugar Ray decidió pasarse al profesionalismo. Atrás dejaba un récord amateur imponente: 85 victorias en 85 combates, 69 por K.O., 40 de ellos en el primer asalto. Pero se iba a topar con un rival difícil de batir, la Mafia, que por aquel entonces controlaba el mundillo. Desde el principio de su carrera Robinson no quiso colaborar con ellos, negándose a ser una marioneta más. De esta forma, tuvo que esperar seis años, 76 combates -74 victorias, un nulo y una única derrota, ante Jake LaMotta- para poder pelear por un título mundial. Por el camino había derrotado al mismo LaMotta hasta en cuatro ocasiones, así como a otros campeones, Angott, Servo, Zivic o a su ídolo de la infancia, Henry Armstrong, con el que no quiso ser demasiado duro. Por fin, el 20 de diciembre de 1.946, Sugar Ray Robinson se proclamó Campeón del Mundo de la categoría welter, tras vencer a Tommy Bell a los puntos, en una pelea muy igualada que se conoció como ‘La Guerra’.

Pero es que ‘Sugar’ no era dulce sólo en el cuadrilátero. También fuera se ganó el cariño de la gente. En 1.947 le tocó defender el título frente a Jimmy Doyle. Una noche antes del combate, Robinson soñó que mataba accidentalmente a su rival, por lo que decidió no combatir. Sin embargo, al final le convencieron para pelear. En el octavo asalto, un gancho de izquierda mandó a Doyle a la lona, como un saco. Ya nunca más se levantaría. Cuando se enteró de que Doyle peleaba para pagarle una casa a su madre, Ray le mandó dinero durante los siguientes cuatro años hasta que la madre de su rival pudo comprarse la casa. Así era Sugar, dulce como el azúcar.

Robinson retuvo el título welter hasta 1.951, cuando decidió pasarse a una categoría superior, la de peso medio. Aquí volvería a encontrarse con su viejo rival, Jake LaMotta, al que inmortalizaran años después Scorsese y De Niro en ‘Toro Salvaje’. Era la sexta vez que se veían las caras y sería la última. A lo grande, luchando por el título mundial del peso medio. Fue el 14 de febrero de 1.951 y la pelea pasó a la historia como ‘La matanza del día de san Valentín’. El pobre LaMotta jamás había recibido una paliza similar. Durante los primeros diez asaltos estuvo dominando Robinson, pero del undécimo al decimotercero fue una masacre. Un ir y venir de golpes que el pobre Jake siquiera podía intentar esquivar. “Ningún hombre puede soportar un castigo como éste” gritaban los comentaristas, emocionados por la dureza estoica de LaMotta. Finalmente, en el decimotercer asalto, el árbitro detuvo el combate, K.O. Técnico, el primero en la carrera de Jake. Sugar Ray se convirtió así en campeón, y LaMotta no cayó. Todos contentos. Fue el primero de sus cinco títulos en esta categoría, otro récord más.

En 1.957 perdió su título contra Gene Fullmer, un boxeador duro, muy agresivo. En la revancha, Robinson dejaría una de sus últimas perlas. Durante los primeros cuatro asaltos la pelea fue bastante igualada. En el quinto, un rayo fulminó a Fullmer, destino cruel. Un poderoso gancho de izquierda, rapidísimo, que el bueno de Gene todavía se estará preguntando de dónde demonios vino. Otra vez el gancho de izquierda, como una apisonadora. Pasó a la historia como ‘El golpe perfecto’, y es una de las imágenes más recurrentes y espectaculares del boxeo. Fue el cuarto título del peso medio para Robinson. Aún ganaría otro más frente a Carmen Basilio, que se lo había arrebatado poco antes.

Cuando finalmente se retiró, en 1.965, con 44 años, Sugar Ray Robinson había acumulado más victorias que Joe Louis y Muhammad Ali juntos. LaMotta dijo: “He luchado tantas veces contra Sugar Ray que no sé cómo no tengo diabetes”. D’Amato, manager entre otros de Floyd Patterson o Mike Tyson, decía que, en el boxeo “primero está Sugar Ray y, por debajo de él, los diez mejores púgiles del mundo”. Sugar Ray Leonard, que se puso ese nombre en honor a Robinson, dijo respecto a su ídolo: “Alguien dijo una vez que se podía comparar a Sugar Ray Leonard con Sugar Ray Robinson. Créanme, no hay comparación. Sugar Ray Robinson fue el más grande”. Ya sabemos lo que opinaba Ali. En un mundo tan repleto de campeones, de bocazas y de egos superlativos, estas opiniones hablan por sí solas. Sugar Ray Robinson, libra por libra, ha sido el más grande. Y no serán los boxeadores de ahora los que le quiten ese honor.

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