El día en el que el portador de la llama se hizo mayor

Deporte y suerte han ido unidos desde el principio de los tiempos. Algunos dicen que el azar no existe, que el entrenamiento lo es todo, que uno juega como entrena, para bien o para mal. Mienten. Compitiendo al máximo nivel, donde las fuerzas están tan igualadas que las victorias y las derrotas se deciden por pequeños detalles, la suerte es muchas veces definitiva. Un disparo que supera al portero y termina en el poste, un balón que baila sobre el aro para terminar saliéndose fuera, un ‘passing’ que no toca línea por milímetros. Jugadas que se ven todas las semanas en fútbol, baloncesto o tenis. Jugadas que bien podrían cambiar el devenir de los partidos, cambiar el nombre del campeón de cualquier torneo. En atletismo hay un hombre que es la prueba viviente de que la suerte influye en los resultados, en su caso para mal. Ron Clarke.

El atleta australiano fue uno de los grandes dominadores de las pruebas de fondo y medio fondo durante la década de los 60. En la cima de su carrera incluso aunó al mismo tiempo los récords de 3.000, 5.000 y 10.000 metros y los de tres, cinco y diez millas. Algo que nadie había conseguido hasta entonces y que nadie ha podido repetir después. Sin embargo, en el deporte lo que cuentan son los resultados y en el atletismo las medallas, maldita sea tu estampa, sociedad de consumo. Hungría no ganó el Mundial de 1.954 y Ron Clarke nunca ganó un oro. Mala suerte.

Lo cierto es que Clarke siempre salió quemado de sus participaciones en los Juegos. En los Olimpiadas de 1.956, en Melbourne, Clarke tuvo que conformarse con llevar la antorcha al estadio. Sólo tenía 19 años y se había quedado fuera de la selección por tener que cumplir con el servicio militar de su país. Mala suerte. Durante su carrera portando la llama olímpica se abrasó los brazos y la Federación Australiana ni siquiera tuvo la deferencia de darle una entrada para ver la ceremonia de inauguración. En los Juegos de Roma de 1.960 tampoco participó por haber estado ocupado con sus estudios de contabilidad.

En Tokio ’64 le esperaba su mejor oportunidad. Pero le falló la táctica. Clarke no tenía entrenador, corría por su cuenta. Y en una final de unos Juegos Olímpicos, eso se paga. Después de dominar toda la carrera, llegó al toque de campana con Gammoudi y Mills un poco por detrás. Doblando atletas antes de la última curva, Clarke se quedó encerrado y en el sprint final le fallaron las fuerzas. Ganó Mills, que había llegado a Japón con un tiempo más de un minuto más lento que el récord de Clarke. El australiano se tuvo que conformar con el bronce y un triste noveno puesto en el 5.000 y en la maratón. Años más tarde reconocería que con un entrenador experimentado habría ganado el oro en 10.000 y la plata en 5.000. Mala suerte.

En 1.968 le hizo polvo la altura de México. Clarke fue la prueba viviente de que en esas condiciones era imposible competir contra atletas criados en países montañosos, como los africanos Temu, Wolde y Gammoudi, oro, plata y bronce respectivamente. En la última vuelta le dio un colapso y llegó a la meta roto. Esos últimos 400 metros fueron los peores de su vida. Los completó virtualmente inconsciente –siempre ha dicho que no tiene ningún recuerdo de esa etapa final- como un autómata, destrozado y valiente. Un alma en pena, ‘El Australiano Errante’. Daba la impresión de no saber dónde estaba ni por qué, pero siguió adelante. Cuando llegó a la meta se derrumbó, abrasado, destruido, y tuvo que recibir asistencia médica urgente. Acabó sexto. Mala suerte. Todavía hoy tiene que medicarse diariamente por el daño causado en su corazón.

Pero entre cada cita olímpica Ron Clarke cuajó una de las más prolíficas carreras de la historia del atletismo. Todo empezó el 18 de diciembre de 1.963, cuando batió en Melbourne el récord de los 10.000 metros con una marca de 28 minutos, 15 segundos y 6 décimas. El joven que había llevado la llama olímpica en 1.956 se coronaba siete años después en la misma ciudad. Ese día empezó a acumular récords como el que colecciona cromos. Nunca tenía bastantes y no importaba que fueran ‘repes’. Su año-milagro sería 1.955. En una gira por Europa, Clarke empezó batiendo su propio récord de los 10.000 metros en la ciudad finlandesa de Turku, por apenas un segundo y medio. Pese a la nueva plusmarca, Ron no acabó contento, consciente de que sus piernas escondían un tiempo mucho más valioso. Y viajó a Oslo para conseguirlo en los Bislett Games.

Sin embargo, a punto estuvo de no disputarse siquiera la prueba. Los organizadores de la competición no habían planeado una carrera de 10.000. Habían contratado a los campeones olímpicos de 5.000 y 10.000, los estadounidenses Bob Schul y Bill Mills, pero sólo para correr la distancia más corta. A Clarke le dijeron que podía unirse a ellos. Pero su intención era descubrir la marca que guardaban sus piernas en el 10.000. Instó a su manager a que le buscara rivales, al menos dos para que la carrera fuese válida. Pronto se les unió el maratoniano Jim Hogan, pero faltaba un tercer participante y ninguno de los americanos estaba dispuesto a doblar prueba. El manager, Haukvik, y miembros de la organización, buscaron un voluntario por la ciudad, hasta que dieron con Claus Boersen, campeón danés de los 3.000 metros obstáculos, que tenía pensado acudir al meeting como espectador. Por fin parecía que la suerte sonreía a Clarke.

El día de la carrera, Ron siguió la misma estrategia que utilizaba siempre. Tirar desde el principio, tonto el último, que me siga quien pueda. Ninguno de sus rivales tenía nivel para hacerlo, así que fue una carrera contra el reloj y contra la fatiga, física y mental. Cuando Clarke le dobló por segunda vez, Boersen intentó tirar de él para ayudarle en su búsqueda del récord. Pero no podía con el ritmo del australiano, que paró el crono en 27 minutos, 39 segundos y cuatro décimas. Casi 35 segundos menos que su anterior plusmarca. El primer atleta que bajó de los 28 minutos. Una marca extraordinaria, de otro planeta. Y la consiguió sobre una pista de ceniza, sin liebres que le fueran marcando el ritmo ni rival que le obligara a no aflojarlo. El récord permaneció hasta Múnich 1972, donde lo batió el gran Lasse Virén. En Australia perduró hasta 1.996.

PD: El tesoro más preciado que guarda Ron Clarke en su casa es una medalla de oro olímpica. Se la regaló Emil Zatopek, su gran ídolo de la infancia, en el aeropuerto de Praga. “Guarda bien esto. Te lo mereces” le dijo la ‘Locomotora Humana’ cuando le entregó el paquete. La admiración al parecer era mutua. Zatopek había ganado cuatro medallas olímpicas. La de los 10.000 metros de 1.952 la guarda Clarke a buen recaudo. Por fin un poco de suerte.

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