El día que San Francisco honró al héroe de una generación

El héroe no tiene por qué ser siempre perfecto. Le basta con aparecer en el momento justo, cuando ya nadie le espera y todo parece perdido. Entonces templa los nervios, dice “aquí estoy yo” y actúa en consecuencia. Traducido al fútbol –americano en este caso, pero podría servir cualquier deporte que se practique con balón- significa querer la pelota cuando nadie la quiere, cuando al resto le quema y piensa “¡Por Dios y por la Virgen que no me caiga a mí, que no me caiga a mí!”. Jugarse la última posesión que defina un partido, un título. Y hacerlo como el que se toma un café o se come unas pipas, con esa naturalidad tan impropia del resto de mortales y tan característica de los héroes. Cierro los ojos y veo a Michael Jordan en el sexto partido de la final de 1.998 contra Utah Jazz, zafándose del marcaje de Byron Russell, dejándole tirado sobre el parqué, un chiquillo contra un coloso, y encestando la canasta que daría el sexto anillo a su equipo.

Pues así era Joe Montana, un elegido. Un tipo que en otra vida podría haber sido general romano o astronauta, neurocirujano o francotirador. Un líder con nervios de acero y hielo en las venas. Él eligió el fútbol americano y se convirtió en el mejor ‘quarterback’ –mariscal de campo- de la historia. Podría haber sido un gran base, de hecho la prestigiosa UCLA le ofreció una beca de baloncesto, pero eligió la NFL. Y en San Francisco le estarán eternamente agradecidos. Todo su cariño se lo mostraron, entre otras tantas ocasiones, el 15 de diciembre de 1.997. Lo hicieron con una de las buenas –esta sí-costumbres que han exportado los americanos. Retirar el número de la camiseta de los jugadores que han hecho historia en un equipo, para que nadie pueda empañar su grandeza ni mancillar su recuerdo. En los 49ers ya nadie lucirá el número 16 a la espalda, patrimonio exclusivo de Joe Montana.

Desde muy jovencito el pequeño Montana dio muestras de su habilidad para los deportes. Con ocho años empezó a jugar a fútbol, cuando la edad mínima legal eran los nueve. Más tarde destacó en el instituto, donde la revista ‘Parade’ le incluyó entre los mejores del país. Tras declinar la beca para la Universidad de California, se matriculó finalmente en la de Notre Dame, a la que había asistido su ídolo, el quarterback Terry Hanratty. Aquí empezó a dar muestras de que en los momentos cruciales su juego crecía exponencialmente. Ahí donde el resto se arrugaba, su figura se agigantaba. En sus primeros años el entrenador no le veía lo bastante maduro como para convertirle en su quarterback titular. Pero siempre le sacaba en el último cuarto para remontar los partidos que parecían perdidos. Y a fe que lo conseguía.

Para los anales quedó la Cotton Bowl –final universitaria- de 1.979, que se conocería como ‘The chicken soup game’, el partido de la sopa de pollo. Notre Dame se enfrentaba a la Universidad de Houston. En el primer cuarto se adelantó 12-0 en el marcador, pero al descanso los Cougars habían remontado hasta ponerse 20-12. Tras el descanso, Montana se quedó en el vestuario. Tenía gripe y casi le da un ataque de hipotermia. Los médicos le inyectaron calor vía intravenosa, le cubrieron con mantas y le dieron un caldo de pollo. A falta de 7:37 para el final, Montana volvió al campo entre los gritos y aplausos de sus seguidores. Notre Dame perdía 34-12. En los últimos segundos del partido todavía estaban por debajo en el marcador, pero tenían la posesión. Ahí le gustaba a Joe. A falta de 6’’ Montana lanzó un pase fuera, parando el reloj a dos segundos del final. Tiempo suficiente para mandar un último pase de ‘touchdown’ –gol-. Ya con el tiempo cumplido, el pateador se encargó de materializar el ‘extra point’ que puso el 35-34 final para Notre Dame.

Pese a actuaciones como esta, los ojeadores de la NFL no tenían en demasiada estima a Montana. De hecho, los San Francisco 49ers lo eligieron en la tercera ronda del draft de 1.979, en el puesto 82. De ahí que la afición no tuviera, al principio, demasiadas expectativas respecto a su nuevo quarterback. Fue suplente en su primera temporada y no empezó a ser titular hasta mediada la segunda. El punto de inflexión lo marcó un partido contra los Saints, el 7 de diciembre de 1.980. Después de ir perdiendo 35-7, los 49ers, guiados por Montana, acabaron imponiéndose 38-35. Fue el primero de los 31 encuentros que ganó remontando en el último cuarto, récord de la liga. Su habilidad para llevar a su equipo a la victoria cuando todo parecía perdido era increíble, ‘Montana Magic’ –la magia de Montana. Estas épicas remontadas eran tan asiduas que le granjearon los apodos de  ‘Comeback Joe’ o ‘Joe Cool’ –remontador Joe o tranquilo Joe-.

La siguiente temporada conseguiría su primer título. Pero en la retina de toda América quedó la jugada que dio la victoria a su equipo en la final de conferencia frente a los Cowboys de Dallas, quizá ‘La Gran Jugada’ de Joe Montana. Pasó a la historia como ‘The catch’. Con 58 segundos por jugar, Dallas mandaba 27-21. Tercer down –penúltima oportunidad- para Montana, que recibe el balón y busca a su receptor Freddie Salomon. Cubierto. Aguanta el balón, corriendo hacia la banda. Se le vienen encima tres defensores de Dallas, tres gigantes que amedrentarían al más valiente de los mortales. Justo antes de que se abalancen sobre él, ‘Golden Joe’ suelta el balón. Parece demasiado alto, pero el otro receptor, Dwight Clark, se eleva sobre el cielo de San Francisco para capturar el balón y dar la vuelta al encuentro. ‘The catch’. De paso, también cambiaron la inercia de la NFL, del dominio de Dallas al de San Francisco. Ganaron la Super Bowl frente a los Bengals  de Cincinnati por 26-21, con un pase para touchdown y un touchdown de carrera de Montana, MVP de la final.

Desde ese momento y hasta su retirada en 1.994, ya en los Chiefs de Kansas, su carrera siguió brillando, iluminando con su magia los últimos cuartos de muchos partidos, liderando muchas otras remontadas increíbles –que habían pasado a ser muy creíbles-. Creciéndose ante la adversidad, en los momentos cruciales, como hacen siempre los héroes. Disputó otras tres Super Bowls, alzándose con el título en todas ellas, y siendo el mejor jugador en otras dos. En sus cuatro finales –las ganó todas, no dejó ni las migajas- no le interceptaron ni un solo pase, anotó 11 touchdowns de pase y dos de carrera. Para la historia dejó también el touchdown que dio la victoria en la tercera Superbowl, otra vez contra los Bengals. Su equipo perdía 16-13 a falta de tres minutos 20 segundos para el final. Se mascaba la tensión en el ambiente, entre el público, en los banquillos y hasta en el césped. Todo el mundo estaba tenso menos Montana, que parecía ir a 25 pulsaciones. Como mucho. Con ocho de nueve pases completados para 97 yardas, llevó a su equipo hasta la zona de anotación y dio el pase del touchdown definitivo a John Taylor con 34 segundos por jugar. Definitivamente, los héroes están hechos de otra pasta. No hay que abusar de ellos. Ellos acuden cuando se les necesita de verdad.

Coincidió durante su carrera con una gran generación de quarterbacks. Dan Marino, John Elway, Terry Bradshaw, Jim Kelly, incluso Troy Aikman también coincidió. Unos quizá tenían mejor brazo, otros eran más rápidos, otros más fuertes. Pero Joe Montana era el mejor.

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