El día en el que el Real Madrid empezó a cambiar su historia

Todo club de fútbol, de cualquier deporte en realidad, tiene sus altibajos a lo largo de la historia. Pero siempre existen fechas señaladas que se convierten en auténticos puntos de inflexión. Momentos que cambian para siempre el curso del club, ya sea para bien o para mal. El Real Madrid vivió uno de esos días el 14 de diciembre de 1.947. No fue la consecución de un gran título, ni siquiera una victoria épica. Fue mucho más que eso. Ese día se inauguró lo que hoy es el Estadio Santiago Bernabéu, en un partido amistoso contra los portugueses de Os Belenenses que sí, acabó ganando el Madrid 3-1. El primer gol lo marcó Sabino Barinaga, que inscribió así su nombre para siempre en la historia del club.

Hasta la década de los 50, el conjunto blanco sólo había conseguido dos títulos de Liga, los de las temporadas 31-32 y 32-33, con Quincoces, Ciriaco, Luis Regueiro y Olivares. De ahí a la 53-54, ‘rien de rien’. Una travesía por el desierto en la que incluso se llegó a coquetear con el descenso en alguna temporada. El equipo necesitaba un impulso y se lo dio un manchego, hombre de la casa. Santiago Bernabéu, que había sido delantero del Madrid desde 1.912 hasta 1.927 -además de entrenador, secretario técnico y directivo-, fue nombrado presidente del club el 15 de septiembre de 1.943. Preguntado acerca de quién es el responsable de que el Real Madrid fuera nombrado ‘Mejor Club del Siglo XX’, cualquier aficionado contestaría sin un atisbo de duda: Don Santiago Bernabéu.

El nuevo presidente tenía muy claro cuáles serían los primeros pasos a seguir. Había que construir un nuevo estadio, majestuoso, un templo del fútbol acorde con un club al que pretendía convertir en el mejor del mundo. Bernabéu fue un visionario, alguien capaz de ver más allá, un adelantado a su tiempo. Cuando se dio a conocer el proyecto, la gente le tildó de loco. El Real Madrid disputaba sus partidos en el estadio de Chamartín, con una capacidad para 15.000 aficionados. La intención era que el nuevo campo tuviera un aforo para más de 120.000 personas. Desde Cataluña tildaron el proyecto de “quimera impracticable”, además de considerar que para un equipo de fútbol sería “imposible” llenar un estadio así de grande. Lo cierto es que el tiempo acabó dando la razón a Bernabéu y diez años después, en 1.957, el Barcelona se mudaba de Les Corts al Camp Nou. El nuevo Estadio de Chamartín –pasaría a llamarse Santiago Bernabéu en 1.955, muy a pesar de su ideólogo- fue así la piedra angular de un proyecto que empezaría a coger forma con el fichaje de Alfredo Di Stefano. Un fichaje en el que el presidente del Madrid volvió a hacer gala de sus habilidades.

En 1.952, para conmemorar los 50 años del nacimiento del club, Bernabéu organizó un torneo internacional e invitó al Norrköping sueco y a Millonarios de Bogotá. El equipo colombiano, que en esa época se ganó su apelativo de ‘Ballet azul’ por la calidad de su juego, hizo honor a su nombre y le dio un buen baile al Madrid. En un equipo con grandes estrellas como Pedernera o Rossi, destacó especialmente un delantero, prácticamente desconocido en España, un tal Alfredo Di Stéfano. Con dos goles y un despliegue como no se había visto ninguno en España, Bernabéu quedó prendado de su juego. El rubito estaba en todas partes, empezaba la jugada y llegaba para terminarla, el jugador total. Negoció entonces su fichaje con el presidente de Millonarios, pero el jugador pertenecía realmente a River Plate, con el que el Barcelona ya había alcanzado un preacuerdo.

Parecía que el Barça vengaría de esta forma el fichaje de Luis Molowny, capítulo aparte. El centrocampista canario, que se convertiría en santo y seña del madridismo, también estuvo a punto de recalar en el gran rival. De hecho, el conjunto azulgrana envió un representante por barco para firmar a Molowny antes de que el Madrid moviera siquiera ficha. Pero Bernabéu, de casualidad, leyó la noticia en ‘La Vanguardia’ y ordenó a Quincoces, secretario técnico del club, que cogiera un avión a Canarias y se adelantara a su rival. Quincoces llegó antes, vio jugar a Molowny y llamó a su presidente, desaconsejando el fichaje. La respuesta fue contundente: “Tú fíchalo y déjate de hostias, ya hablaremos”. Así se las gastaba Don Santiago. Pues con Di Stéfano tampoco se rindió.

En lo que acabaría siendo el fichaje más rocambolesco de la historia del fútbol español, tal vez mundial, Bernabéu volvió a salirse otra vez con la suya. En 1.953, ‘la saeta rubia’ estaba en Barcelona, dispuesto a firmar el contrato con el club catalán. Pero al no haber negociado con Millonarios, equipo al que le pertenecerían sus derechos a partir de 1.955, el acuerdo se hizo esperar. Bernabéu volvió a estar rápido. Viajó a Barcelona, convenció al jugador para que rompiera su compromiso con los azulgranas y negoció con River y Millonarios. Al final, la Federación Española intervino y tomó una decisión salomónica. Jugaría dos años en el Madrid y dos en el Barcelona, y además serían años alternos. ¡Olé! Se quedó a gusto la Federación. El Barça se negó y el Madrid se quedó con Di Stéfano.

Las dos piezas básicas sobre las que construir el mejor equipo del mundo ya estaban, de esta forma, asentadas. Un gran estadio y una gran estrella para llenarlo. Luego irían llegando Gento, Rial, Kopa, Puskas… el resto es historia.

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