El día de la locura en Denver

Podría ser el título de una comedia americana de serie B, pero ‘Locura en Denver’ fue un hecho real. Sucedió en el McNichols Sport Arena, la cancha de los Nuggets, el 13 de diciembre de 1.983. Los más de 9.600 espectadores que acudieron a ver a su equipo ese día no eran conscientes del espectáculo que iban a presenciar. Una de esas tardes en las que se alinean los planetas, las estrellas y hasta las colas de ‘Doña Manolita’, si hace falta. El partido perfecto. ¿Perfecto? Sólo en ataque. ¿Pero qué más se puede pedir?

El 13 de diciembre de 1.983 los Denver Nuggets y los Detroit Pistons firmaron la mayor exhibición ofensiva que jamás se ha visto en la NBA –colectivamente hablando-. Al final, los visitantes se impusieron 186-184, después de tres prórrogas. Batieron los récords de mayor puntuación conjunta (370 puntos), mayor número de tiros de campo (136) y de asistencias (93). Los Pistons superaron el récord de anotación (186) y de tiros de campo (74). Para Denver quedó la mayor puntuación de un equipo que acaba perdiendo (184). Cuatro jugadores, dos de cada equipo, anotaron más de 40 puntos, otro récord, y 12 –seis y seis- hicieron dobles figuras. Todos los récords siguen vigentes actualmente. Y lo peor es que probablemente ya nunca se llegarán a superar, no es fácil volver a alinear tantas cosas. Mirado hoy, el marcador podría parecer cualquier cosa menos un resultado de baloncesto. La altura media de un varón adulto en Alemania, o las calorías de un filete de ternera. Pero no baloncesto –pienso en Jeff Van Gundy y me estremezco-.

Que sean los Pistons y no cualquier otro equipo el que tenga el honor de poseer la máxima anotación de la NBA parece una broma macabra del destino. Los mismos Pistons que han pasado a la historia por ser uno de los equipos más rocosos y defensivos que se han visto en el baloncesto americano. Los ‘Bad Boys’ de Chuck Daly, liderados por Isiah Thomas, Joe Dummars, Bill Laimbeer, Dennis Rodman, Rick Mahorn o Vinnie Johnson. Y su versión moderna, la de Larry Brown, comandada por Billups, Hamilton, Ty Prince y  Rasheed y Ben Wallace. Pero en 1.983 los Pistons todavía no habían adquirido ese estilo bronco, marca registrada. Al inicio de la década estaban entregados al ‘showtime’ que había popularizado ‘Magic’ Johnson en los Lakers, un juego dinámico, con transiciones rápidas, puro espectáculo. Con Tripucka, un anotador puro, que no defendía ni queriendo, con los jóvenes Isiah y Laimbeer, con Vinnie Johnson y John Long, otro gran anotador.

Los Nuggets de principios de los 80 eran el equipo más anotador de la NBA. Nunca les sirvió para ganar un anillo, ni siquiera para llegar a una Final, pero su baloncesto vistoso, alegre, con marcadores abultados, enamoraba a los aficionados. El ideólogo fue Doug Moe, un visionario, un idealista, un romántico que quería ganar a partir del ataque, sin prestar demasiada atención a la defensa. ‘Run-and-gun’, corre y dispara. A los Nuggets les gustaba correr. Correr, correr y correr. Mover la pelota con pases veloces, buscar una buena posición de tiro y lanzar. Fuera tensiones, como si fuera el patio del colegio. Moe Quería a sus jugadores con confianza para jugarse un tiro en cualquier momento, en cualquier situación, si estaban desmarcados. Confianza, ésa era su arma. Sus máximos estiletes eran los dos aleros, Kiki Vandeweghe –raza blanca, tirador- y Alex English, más penetrador, ‘La Espada’ le llamaban, por su facilidad para atravesar las defensas rivales.

Desde el principio, se vio que el partido tendría un resultado abultado. Las canastas se sucedían en un lado y en otro, sin que ninguno de los dos equipos pudiera distanciarse en el marcador. Al final del primer cuarto, 34-38 para los Pistons. Muchos puntos, pero nada extraordinario para dos equipos que solían superar los 120 por encuentro. El partido se estaba jugando como le gustaba a Doug Moe, rápido. Empate a 74 al descanso –aquí Hubie Brown, o Larry Brown, o Rick Carlisle, habrían dicho basta-. Tras el descanso el duelo siguió por los mismos derroteros. A una canasta de Vandeweghe le contestaba una bandeja de Isiah, a otra de English un tirito de Tripucka. Del McNichols Sport Arena empezó a elevarse un aroma mágico, la sensación de que algo extraordinario podía pasar. Daba la impresión de que los jugadores iban alimentándose los unos a los otros con tanto acierto, contagiándose incluso entre rivales. De repente todo el mundo tiraba convencido de anotar. Vandeweghe dijo una vez: “Siempre oyes que hay una zona para cada jugador. Esa noche, por lo que fuera, todas las zonas eran de todos”. 108-113 al final del tercer cuarto.

El embrujo estuvo a punto de truncarse cuando, a falta de 6 segundos, con los Pistons perdiendo de dos, Laimbeer falló el primer tiro libre. Pero la magia ya estaba activada. Lanzó el segundo a fallar, descarado, una piedra, y el rebote le cayó a Isiah Thomas -¡el base!- para empatar y llevar el partido a la prórroga. También aquí parecía que los Nuggets tenían el partido en su mano, ganando 157-152 a falta de 1:24. Pero una canasta lejana de Tripucka puso el empate a 159 y forzó la segunda prórroga. A estas alturas la gente ya estaba enloquecida, los jugadores conscientes de estar formando parte de algo muy grande. Lo más destacado del segundo tiempo extra fue Tripucka, que anotó los 12 puntos de su equipo, aparentemente ansioso por terminar de una vez el partido. Más tarde reconoció estar preocupado por si no había ningún sitio abierto para cenar, de lo tarde que se había hecho. Cosas de jugones. 171-171. La tercera prórroga estaba servida. La cosa seguía reñida, empate a 179 a falta de 1:30, cuando Long anotó para los Pistons, Thomas robó un balón, volvió a anotar y su equipo se distanció definitivamente. Nadie quería que acabara, pero no podía alargarse eternamente. Había terminado el partido mágico, la locura en Denver.

Pd: En todo el encuentro se anotaron dos triples, uno por equipo.

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