El día en el que un negro se coronó en un reino de blancos

En 1943, Richmond, Virginia, no era el lugar que un niño negro hubiera elegido para nacer. Al igual que en casi toda la mitad sur de Estados Unidos, la segregación racial hacía estragos, privando a los afroamericanos de los principales derechos civiles. Evidentemente, las escuelas para negros estaban infradotadas. Y aún así, la comunidad afroamericana consiguió progresar. En Richmond, un joven miope iba a convertirse en un ejemplo para todos sus conciudadanos.

Arthur Ashe empezó a destacar ya desde pequeño. Con sólo siete años perdió a su madre por problemas de corazón, pero pese a su edad fue un pilar fundamental sobre el que se apoyaron su padre y su hermano pequeño. En las canchas de tenis, simplemente no tenía rival. Y eso que tenía que ir a buscarlos bien lejos, fuera de su segregada Richmond natal, donde no tenía acceso a los torneos junior. Hasta que lo encontró Robert Walter Johnson, ‘El Padrino del tenis negro’. Le entrenó, igual que había hecho con la también brillante Althea Gibson, hasta que aceptó una oferta de un instituto de St. Louis para jugar allí. A estas alturas, su fama ya le precedía y había aparecido en la prestigiosa ‘Sports Illustrated’. En la Universidad de UCLA, a la que accedió gracias a una beca deportiva, se proclamó campeón universitario y debutó con el equipo estadounidense de Copa Davis. Todo en 1963, con 20 años, siendo el primer negro en conseguirlo. Sería el primero de sus muchos logros.

Los 60 fueron años turbulentos –movimientos pacifistas, hippies, ‘no a la guerra’, reformas, revoluciones-. Los puños en alto de Tommie Smith y John Carlos y el ‘Black Power’. Algo estaba cambiando. Y también en el tenis. Divididos en dos circuitos aparentemente irreconciliables, el amateur y el profesional, los mejores jugadores del momento no siempre podían enfrentarse entre sí. El paso al profesionalismo lo lideraba el ex tenista Jack Kramer, mientras que Harry Hopman aspiraba a seguir con el tenis amateur, el sueño idealista del deporte para aficionados, la vieja ilusión de que el dinero no lo puede todo, el clásico “no nos moverán”. Al primer grupo se adhirieron pronto jugadores de la talla de Rod Laver, Ken Rosewall o Pancho Gonzales. En el otro se quedaron mitos como Roy Emerson, John Newcombe, Lew Hoad o Tony Roche. Hasta 1968, sólo los amateurs podían jugar los torneos grandes, pero sólo los profesionales sacaban rendimiento económico. Prestigio o dinero, orgullo o pasta gansa. El equilibrio se rompió por la pata más débil. El monstruo del liberalismo también se zampó al tenis. Bienvenidos a los 70, la Era Open.

Uno de los últimos románticos fue Arthur Ashe, que no se pasó al profesionalismo para poder seguir jugando la Copa Davis, el Mundial del tenis, torneo amateur hasta 1973. Para defender los colores de un país que tan poco había defendido a él y a los suyos. Así fue como en 1968 conseguiría un hito que hasta entonces nadie había logrado y que, a estas alturas, lo más probable es que ya nadie pueda imitar: Ganar el Campeonato amateur de EE.UU. –a su compañero en la Davis, Bob Lutz- y el abierto de EE.UU. –al tenista profesional Tom Okker-. Pese a su victoria, el premio en metálico -14.000 dólares- fue para Okker, mientras que Ashe tuvo que conformarse con una paga de 20 dólares diarios por una gesta inigualable. El 12 de diciembre de ese mismo año pasaría a la historia como el primer tenista negro –y hasta ahora el último- en ser el número uno del mundo.

Su progresión continuó. En 1970, siendo ya profesional –era romántico pero no idiota- ganó el Abierto de Australia al tenista local Dick Crealy. Pero su momento más mágico llegó en el All England Club, cuando ya nadie le esperaba. Con 32 años, de tapadillo, Ashe se coló en la final de Wimbledon. Su rival sería Jimmy Connors, diez años más joven, defensor del título y máximo favorito para revalidarlo. De hecho, no había cedido ni un set en todo el torneo, Connors en estado puro. Las apuestas estaban 10 contra uno a favor de ‘Jimbo’. Todo apuntaba a que el gran servicio y los potentes golpes del jugador de Richmond esta vez no serían suficientes. Así que en la víspera de la gran final Arthur llamó al que fuera su entrenador en la Davis, Dennis Ralston, para idear una estrategia. Luego, durante la cena, la pulió junto a sus amigos Donald Dell, Charlie Pasarell, Marty Riessen y Fred McNair.

Al partido se llevó un papelito con unas consignas. Un papelito que era a la vez la llave del paraíso. Las seis claves para derrotar a Connors. En cada descanso lo sacaba y lo miraba, como si del Santo Grial se tratara, como si no se lo hubiera aprendido de memoria. Y funcionó. Por primera vez, Ashe rehusó el golpe a golpe con Connors, utilizando un saque cortado, corto y abierto que se convirtió en una pesadilla para el revés de Jimbo. Atacó la temible derecha de Connors con bolas bajas, consciente del daño que le hacían a su rival. Cambió el ritmo del juego constantemente, sin permitir al campeón entrar en el partido. 6-1, 6-1 en los dos primeros sets. El público no daba crédito y el pobre Connors no entendía nada.

Pero como a los alemanes en el fútbol, si había alguien en el tenis del que no te podías fiar, ése era Jimbo. Un luchador incansable, tenaz, la versión antigua –que no peor- de Rafa Nadal. Se apuntó el tercer set por 7-5 y se puso 3-0 arriba en el cuarto, con un break a favor. Nunca se le podía dar por muerto, así era Connors. Ésos fueron los momentos más difíciles para Ashe. Surgieron las dudas, malas compañeras, las peores. No sabía si seguir con el plan establecido o empezar a pegarle duro a la bola, que sea lo que Dios quiera. Al final optó por seguir con el plan y ganó seis de los siete juegos siguientes. 6-4. El chico miope de Richmond había ganado Wimbledon a los 32 años. El único tenista negro que ha ganado tres ‘Majors’ –le sigue el francés Yannick Noah con uno y dudas razonables sobre su legitimidad-.

Arthur Ashe mejoraba año a año y quizá en el mejor momento de su carrera, en 1979, un ataque al corazón le obligó a una retirada prematura. El mismo órgano que le había robado a su madre le privaba ahora del tenis. Se retiró un año después para centrarse en sus labores benéficas, habituales durante su carrera y muy consolidadas antes de su muerte el 6 de febrero de 1.993, aquejado de SIDA. El mundo del tenis lloró al que quizá fuera su último ‘gentleman’, un chico humilde y educado que contrastaba con la nueva hornada de tenistas bravucones y viscerales tipo Connors o McEnroe. Desde 1.997, la pista más grande del mundo, en la que se disputa la final del US Open, lleva su nombre. Se lo merece, como tenista, pero sobre todo como persona.

Anuncios
Comments
One Response to “El día en el que un negro se coronó en un reino de blancos”
  1. leotec dice:

    muy buen artículo, mis felicitaciones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: