El día del ‘Maracanazo’ japonés

La grandeza del deporte radica en gran parte en su naturaleza imprevisible. Las derrotas históricas se han repetido a lo largo de los años con dispar continuidad, alimentando el mito de que nada es imposible. Quizá el boxeo sea el deporte donde más veces se han producido este tipo de sorpresas. Desde el knockout de Max Schmeling a Joe Louis en 1936 –victoria que aprovecharía Hitler para propugnar la supremacía aria- hasta el K.O. del prácticamente desconocido James ‘Buster’ Douglas sobre Mike Tyson, ‘Iron’ Mike, el 11 de febrero de 1990, acabando con dos años de reinado en los pesos pesados del ‘Terror del Garden’. Pasando por el cuento de la Cenicienta de James J. Braddock y su victoria sobre Max Baer o la victoria del cuasi novato Leon Spinks en 1978 sobre Muhammad Ali.

Pero no sólo del boxeo se nutre la historia. En los Juegos Olímpicos de invierno de Lake Placid, Nueva York, en 1980, plena Guerra Fría, se escribiría uno de los relatos más increíbles del deporte moderno: ‘El Milagro sobre el hielo’. La selección estadounidense de hockey, formada por estudiantes universitarios, amateurs, llegaba a la cita como la séptima favorita de un total de 12 participantes. La Unión Soviética venía de ganar consecutivamente los oros de 1964, 68, 72 y 76. El 9 de febrero de 1980, en el último amistoso previo a las Olimpiadas, la exhibición rusa dejó poco lugar a las dudas sobre su superioridad. 10-3, sin despeinarse. Pero los dos conjuntos se volverían a medir en semifinales y los americanos se impondrían por 4-3.  Cosas del deporte.

En fútbol, automáticamente salta la imagen de la final del Mundial de Brasil 1950. En el estadio Maracaná, más de 200.000 espectadores se acomodaron para asistir en primera a persona a la primera Copa de Mundo de Brasil. A la Canarinha le bastaba con el empate. El gol de Friaça en el minuto 47 encarrilaba el título. 90 minutos después, en el estadio sólo quedaba la delegación uruguaya, que levantaba al cielo la Copa Jules Rimet, tras los goles de Schiaffino y Ghiggia. Numerosos aficionados se suicidaron, tal fue el impacto de la derrota. Desde ese día, a Barbosa, el portero brasileño, se le defenestró para siempre. Un apestado. Tanto es así que en 1993, en plena clasificación para el Mundial de Estados Unidos, Barbosa quiso pasar a saludar a los jugadores durante una concentración. “Que no pase y que no vuelva” fue la respuesta. Habían pasado 43 años. Cosas del deporte.

Una historia de este tipo fue la que sucedió el 3 de diciembre de 1961. El protagonista fue Anton Geesink, un gigantón holandés con pinta de bonachón. Pues este día el bueno de Geesink se convirtió en el primer campeón del mundo de Judo que no era japonés. Teniendo en cuenta que este arte marcial se creó en el país del sol naciente allá por el siglo XIX y el respeto de esta civilización por sus tradiciones, se puede imaginar la trascendencia de esta derrota. Un boquete en el orgullo patrio del tamaño del círculo de su bandera. Geesink se impuso en la final del Mundial de París al japonés Koji Sone, pero sin querer había derrotado a todo un país. Muy a su pesar, porque era un gran admirador de la filosofía nipona.

Geesink comenzó en la Lucha libre, donde pretendía aprovechar su estatura, peso y envergadura. Pero en 1960, decepcionado tras haber sido apartado de los Juegos de Roma, viajó a Japón a instruirse en el arte del Judo, imbuyéndose en todas las técnicas tradicionales de entrenamiento. Un año después ya era campeón del mundo. Pero su gran día llegaría tres años después, en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964.

Por primera vez, el Judo se convertía en disciplina olímpica, petición expresa de la Federación japonesa. Se dividió en cuatro categorías. Japón conquistó los oros en los pesos ligero, medio y pesado. Faltaba la categoría libre, donde competía el gigantón holandés. En la final se midió al judoca local Akio Kaminaga. El combate duró algo menos de nueve minutos. Demasiados fueron, considerando la diferencia de tamaño de los contendientes. Geesink parecía el típico niño abusón de la clase, el matón del barrio de turno. Le sacaba unos 40 kilos a su contrincante, incapaz de maniobrar contra semejante coloso. Cuando Geesink le tumbó, sus intentos por liberarse fueron inútiles. Como un pez fuera del agua, tratando de respirar, alargando una agonía que hasta él es consciente de que no tiene solución.

Tras este combate se sucedieron los suicidios en Japón, igual que había pasado 14 años antes en Brasil. El judo ahí no era sólo el deporte nacional, era una forma de vida. Disciplinada, espiritual, infinitamente sutil. Y ahora un gigante holandés los había derrotado en su propia casa. La vergüenza nacional hecha realidad. Pero es que Geesink era mucho más que un judoca grandote. El holandés fue un innovador de los agarres, técnicamente genial. De hecho, es uno de los únicos cuatro judocas en la historia que han conseguido el décimo dan, la cima de este deporte. Los otros tres son japoneses.

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