El día en el que el hombre-récord se estrelló con la personal

En la NBA, hablar de récords es hablar de Wilt Chamberlain. Quizá el jugador más determinante que jamás haya pisado una cancha de baloncesto. Los números están ahí y hablan por sí solos. Chamberlain devoraba estadísticas –y rivales- como los hipopótamos tragaban bolas en aquel juego de los 80. Rápido y sin piedad. Así hasta acumular la escalofriante cifra de 72 récords a lo largo de su carrera. Algunos fueron superados más tarde, pero la mayoría siguen vigentes, puede que ya para siempre.

Como los 100 puntos anotados en un mismo partido, contra los Knicks, o los 50 puntos y 25 rebotes que promedió -¡promedió!- a lo largo de su tercera temporada en la NBA, la 61-62. Los números que un buen jugador sólo podría soñar con soñar Chamberlain los hacía realidad partido sí y partido también. Hay una estadística apabullante al respecto: Chamberlain anotó 60 o más puntos en 32 ocasiones, más que la suma de todos los otros jugadores que lo han conseguido alguna vez. El que más se le acerca es un tal Michael Jordan con… 6. También fue el único que consiguió taponar una vez el ‘Sky hook’, el tiro ‘imparable’ de Kareem Abdul-Jabbar –por aquel entonces todavía Lew Alcindor-. Tiene tantos récords que no todos podían ser buenos. El 1 de diciembre de 1967 Chamberlain estableció el récord de tiros libres fallados en un partido. Nada más y nada menos que 22 errores desde la línea de personal. Pero no serían los tiros libres la gran cruz de su carrera, sino los Celtics.

Chamberlain tuvo la mala suerte de coincidir con la época más gloriosa del equipo más laureado de la NBA. Los Celtics de Bill Russell, su némesis particular, el único jugador al que no le caben más anillos de campeón, de tanto que ganó. Tendría que ponerse uno en un dedo del pie si quisiera lucirlos todos a la vez. Once títulos le contemplan. El pobre Chamberlain tuvo que conformarse con dos. No importaba cuantos puntos metiera o rebotes capturara, al final siempre quedaban eliminados. “Quizá me faltara instinto asesino” dijo una vez el bueno de Wilt. El caso es que su hegemonía individual no se tradujo en una dinastía como la de los Celtics y quizá eso le impida ser el más grande de todos los tiempos.

Su falta de instinto asesino quedó reflejada mejor que nunca en la final de 1970. Con Russell retirado y los Celtics devaluados, había llegado su momento. Formando equipo en los Lakers con otros mitos como Jerry West y Elgin Baylor, todo hacía indicar que podría sumar más títulos al conseguido con los Sixers en 1967. Se enfrentaban en la final a los Knicks de Nueva York, liderados por su pívot Willis Reed, MVP de la temporada. Lo que allí aconteció quedó para los anales.

La final llegó igualada al quinto partido, que se jugaría en Nueva York. En un ataque, Reed se lesiona. Enmudece el Madison Square Garden. Pero sus compañeros se sobreponen, remontan el partido ante el delirio de los aficionados y llegan al sexto cargados de moral, dispuestos a sentenciar la final. Reed es baja por un desgarro en su muslo derecho. Los Lakers lo aprovechan, sobre todo Chamberlain, que aplasta a su rival con 45 puntos y 27 rebotes. Queda meridianamente claro que sin su estrella los Knicks no son rival. La final se decidiría en el séptimo partido, otra vez en Nueva York. La gran incógnita, si los locales podrán contar con su capitán y alma máter. Sin él, la ciudad entera es consciente de que sus opciones de victoria son remotas.

Minutos antes del partido. Calientan los dos equipos. Sin noticias de Reed. De repente una atronadora ovación sigue al ‘speaker’ del Madison mientras grita el nombre del héroe y aparece Willis corriendo desde el pasillo de vestuarios. Aunque correr sería decir demasiado. Apenas podía moverse –más tarde se sabría que le habían inyectado 200 c.c. de cortisona-. Pero fue suficiente. Conforme salía el ídolo local, todos los Lakers –incluido Chamberlain- dejaron el calentamiento y se giraron a ver qué pasaba. Ahí empezaron a perder el partido. Reed salió de titular y anotó las dos primeras canastas de su equipo, el gol del cojo. Nunca se había visto un público tan enfervorizado. Willis no volvería a encestar, pero daba igual. Su trabajo estaba hecho. El Madison llevó en volandas a su equipo hasta el primer título de la historia de la franquicia. Ensombrecida por la carga emocional del esfuerzo de Reed quedaría una de las mejores actuaciones en la historia de las finales, los 36 puntos y 19 asistencias de Walt Frazier.

Chamberlain, defendido por un cojo, empequeñecido por las circunstancias, se quedó en 21 puntos, con un paupérrimo 1/11 desde la línea de personal. Sí, definitivamente, ese día le faltó instinto asesino. Y el corazón de Willis Reed.

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Comments
One Response to “El día en el que el hombre-récord se estrelló con la personal”
  1. irene dice:

    me parece fantastico, impresionante la forma en que transmites tu pasion, emocion, sensibilidad… por el deporte. animo!

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