El día en el que el deporte empezó a hablar en castellano

Es difícil poner fecha al inicio de lo que hoy se conoce como ‘La edad de oro del deporte español’. Hay quien dice que todo comenzó con la explosión de genios como Nadal, Alonso o Pau Gasol. Otros se remontan bastante más allá, hasta las Olimpiadas de Barcelona ’92 y las ahora tan denostadas becas ADO. Pero la mayoría piensa que el año clave fue 1.999. Fue entonces cuando se lograron las primeras victorias que ahuyentarían viejos fantasmas y obsesiones, allanando el camino para las glorias que estaban por venir.

Me refiero, cómo no, al campeonato mundial de 500 c.c. de Álex Crivillé, primer español en coronarse en la categoría reina. También al Masters de Augusta de Olazábal en golf. Pero sobre todo a las victorias de unos niños que se encargarían de hacernos soñar despiertos años después. España ganó este año el Mundial sub-20 de fútbol y el Mundial junior de baloncesto, los dos deportes del país por antonomasia. Los protagonistas les sonarán: Casillas, Xavi Hernández o Marchena por un lado; Gasol, Navarro o Felipe Reyes por otro. A partir de ahí algo hizo ‘clic’ y ya nada volvió a ser como antes. Por fin, cualquier tiempo pasado no sería mejor. Se terminaron los fatalismos, se acabó el acordarse de lo que pudo ser y no fue. No más Cardeñosas, Eloys, Salinas o Zubizarretas. Ya no.

Pero remontémonos unos meses atrás, hasta el 29 de noviembre de 1998. Porque ese día el mundo del tenis se rendía a los pies de dos jóvenes españolitos, que se jugaban entre ellos el título de maestros. Álex Corretja y Carlos Moyá reeditaron en la Copa Masters, torneo que enfrenta a las mejores ocho raquetas del mundo, la final que meses antes se había visto en Roland Garros. En París se impuso Moyá, fácil, cómodo, sin ceder un set, 6-3, 7-5 y 6-3. Pero el escenario era distinto. Empezando por la pista. De la tierra batida a la moqueta, mucho más rápida. La de Hannover era una de esas pistas de antes, sin el pasillo de dobles, tan estrechas y tan largas, aunque sólo fuera un efecto óptico.

Y al principio parecía que la historia se repetiría. El tenista balear se apuntó las dos primeras mangas, 6-3 y 6-3. Pero entonces apareció algo que lo cogió por sorpresa, algo contra lo que no estaba preparado: el corazón. El corazón de Corretja que le empujó allá donde sus piernas se negaban a acudir, la fe que le hizo creer que no estaba todo perdido, la garra y el tesón que le hicieron parecer más técnico incluso de lo que era.

Corretja remontó ese partido y habría ascendido el Everest si hubiera querido, sin oxígeno, sin sherpas y hasta sin ropa, de puro huevo. El marcador final reflejó un 3-6, 3-6, 7-5, 6-3, 7-5. La cara de Charly, un poema. Eran buenos amigos, pero Moyá se había quedado tan helado que al terminar, el saludo al campeón pareció demasiado frío, hasta maleducado.

Fueron más de cuatro horas de tenis vibrante, brillante. Un combate a cara descubierta que dejó una de las mejores finales de la historia del Masters. Y un ganador que, como bien me apuntó Sergio Mensua –gran amigo y principal culpable de mi afición al tenis- se convertiría en el primer ‘maestro’ sin ningún grande en sus vitrinas. Algo que sólo han podido repetir el gran David Nalbandián -otro genio argentino que pudo ser y no quiso, tipo ‘El Trinche’ Carlovich pero en tenista- y Nikolay Davydenko. Y también el único junto a Lendl y el mismo Nalbandián en remontar dos sets en contra.

Este partido marcó el inicio de ‘La Armada Invencible’ que conquistaría cuatro ensaladeras en diez años, rompiendo otra barrera histórica que quién sabe si no sería la más importante para el estallido de la ‘Edad de oro del deporte español’. Lo que sí sabemos es que ese día el mundo del tenis habló en castellano, y muy bien, por cierto. Que no es poco.

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Comments
One Response to “El día en el que el deporte empezó a hablar en castellano”
  1. il peleon dice:

    Cómo molaban esas pistas sin pasillos de dobles y aquellas finales al mejor de 5 sets. Gran época!!! Ahora ganan màs $ pero sudan menos…

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